La condición

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lunes, 23 de julio de 2012

Cantinflas, el tímido conquistador.


Cantinflas, el tímido conquistador.

Hace poco me topé con una película en tonos grises de Cantinflas, concurría la mayor parte en un teatro y fue esa la razón que me llevó a pensar que se trataba de "El bolero de Raquel", las acciones tenían lugar tras bastidores y en camerinos la mayor parte. Tanto de niño como de grande fui un gran admirador de su comedia, pero con el tiempo le perdí el rastro como con casi todo lo que exige un poco de concentración y fanatismo, pero ya que tenía al frente una película de factura decimonónica tan elocuente, encontrada casi al azar haciendo el zapping, me quedé a contemplarla más que a verla. Observé que el exterior del teatro era muy bello o eso me pareció, creo que sólo lo pasaron una vez, pero si así fue resultó suficiente. Mi referencia cinéfila es el Moulin Rouge, contenía algo de ese toque musical que tiene el Broadway o el vaudeville, con anuncios iluminados sobre enormes cajas de luz. Sobre las letras de colores había un muro que no precisé en un comienzo, pero que al ser bañado por un resplandor, me resultó evidente que estaba pintado o grabado con motivos coloridos, eran personas en posiciones de fotografía o de retrato, un mural.

Desde las calles se iluminaban los dibujos que iban apareciendo en los círculos plateados, pronto la pequeña terraza de los avisos pasó a segundo plano, me pareció encantadora la manera sutil con que fue mostrada la noche del teatro mejicano y a mi juicio se podría hablar en plural. La película estaba dividida delicadamente en dos secciones que distanciaban lo chistoso de lo serio, me parece que la relación entre esos dos conceptos en las historias del simpático personaje intrincado, se encuentran más mezcladas que separadas, pero aquí me pareció que se deslizaban con cierta marcha independiente. Los tramos graciosos ocurrían invariablemente con la aparición de Cantinflas, una especie de conserje del teatro, en algún momento tiene que hacer los sonidos y efectos de la obra que se representa y lo montan a una claraboya o más bien andamio desde donde efectúa su intervención típica con resultados geniales. Me explicaré mejor después, pero debo mencionar como al vuelo otro detalle que observé y que tal vez no sea secreto para nadie: Cantinflas era un encantador que utilizaba la timidez para enmascarar a un conquistador impetuoso.

Pasado el ataque de risa que me embargó el cuerpo de buen ánimo noté algo que había dejado pasar desapercibido momentos atrás, una dimensión a la que aterricé hará apenas un lustro, cuando en la Facultad de Artes Integradas luchaba por familiarizarme con las prácticas contemporáneas derivadas de los ensambles experimentales de mediados del siglo pasado, tuve pues que actualizarme forzosamente con esa información que no poseía, con ayuda de la cual se deducía que los primeros atisbos de posmodernidad sincrética e iconoclasta, se encuentran ya definidas en los albores de la crisis del arte de finales del siglo antepasado, punto de origen de todos los ismos según entiendo. Ya he mencionado que la estructura de la historia en la película, me resultaba como seccionada por la integración discursiva de dos ambientes que se relevaban, creando la impresión de estar asistiendo efectivamente a una obra de teatro en la que los intervalos se localizaban en las entrañas mismas de la obra y en esto el público asistente resultaba cómplice y activo participante, con una altura pasmosamente cosmopolita.

Aquellos momentos donde no se asoma Cantinflas tampoco se manifiesta nada cantinflesco, todo es o resulta muy serio, quizá para acentuar la intención compositiva que creo haber descubierto o más bien advertido. Como en casi toda película de Cantinflas (o quizás en todas, no soy un especialista) hay bailada, y en esta en particular hay un momento en que va a dar con sus huesos a las mismas tablas donde se ejecuta la representación, aquí se burla de la generación Luis XV, ya que en medio de una persecución no encuentra otra manera de escapar que ataviarse con el disfraz del pusilánime y transvestista rey francés y salir a escena, entre tanto el público da amplias muestras de estar divirtiéndose y de entender la obra desde la perspectiva de la intervención cómica. Nadie se va, nadie se pregunta si eso es parte de la obra, lo que es aún más destacable, cuando hay que reír ríen a pierna suelta, cuando hay que ser solemnes guardan respetuoso silencio. Todo ello mejora el conjunto estético de una obra que por otro lado y considerando los grados de rigurosidad técnica de sus intérpretes, habría sido más mala que aburrida, porque evidentemente fue diseñada para integrar a un protagonista que se diluía mágicamente de la historia en cuanto salía del cuadro.

Entre el público y en primera fila había dos hombres, se les veía desde sus espaldas, sólo las cabezas sobresaliendo de entre sus respectivas sillas, uno era calvo y el otro tenía una gorra de policía, puedo decir que esta referencia dejó en mí el gusto de una ejecución sutil y elegante, a la manera del cine ruso que muestra las siluetas, los atuendos y los distintivos sin mostrar los rostros que animan dichos conjuntos, quizá para que uno se lo imagine y le ponga los rostros que quiera. Más atrás el público disfrutaba de la obra como si se tratara de una pieza posmoderna, pero la falsa referencia de que no era esa la intención, expresada por la medida de frustración de los coreógrafos y directores tras bambalinas acentuaban el afortunado exabrupto de la realidad. Pronto empecé a fascinarme con una idea que se partía de la risa por momentos, según la cual Cantinflas estaba representando un Méjico que ya se encontraba preparado no sólo para gozar de lo conceptual e individuativo, sino que se encontraba disfrutando de ello hacía un buen tiempo. Desconozco qué tanto participaba el señor Mario Moreno en la construcción de sus películas, pero me resulta interesante empezar a verlo con este nuevo cristal. En algún momento Cantinflas hizo algo que me recordó al compositor estadounidense John Cage y me pregunté sin asomo de certidumbre si Méjico ya había pasado por todo eso que se había vuelto célebre en E.E.U.U. No encontré suficientes referencias al respecto, quizá porque mis índices de interés subyacen en horizontes un poco forasteros en ese campo.

Desde luego mi ingenuidad raya en la ofensa, ya que todos los movimientos y controversias artísticas se encuentran entremezcladas y combinadas de una manera indiscernible, digamos, para la mayoría de los contertulios no iniciados en las perspicacias de la derivación creativa del mundo contemporáneo, yo el primero en la lista; pero debo confesar que la idea no sólo me pasó por la cabeza sino que formó un sendero estimulante de periferia discursiva y tal vez lo suficientemente inquietante como para alimentar una no tan ociosa discusión. Sin embargo quizá soy uno de los últimos en darse cuenta de la inclusión del público que ríe libremente frente a una obra que se pensaba típica de la tradición decimonónica más ortodoxa, público que por otro lado no esperaba reír esa noche, siguiendo el hilo de la ficción. A título de parecer demasiado inocente al respecto diré estrictamente que me pareció una de las mejores representaciones de arte posmoderno que he visto, ofrecida con la ambientación deliberada de una buena dosis de pulsión devastadora, dirigida a lo sistematizado en la disciplina del entretenimiento, tradicionalmente abandonado en los esplendores narrativos de la llamada edad media; ya que en la película el público que ríe se encuentra incluido además de en la obra, en la representación de aquél que no esperaba divertirse en ese momento.

Todo el otro espectáculo en donde no aparecía el impertinente hombrecillo de los pantalones caídos y el bigote insinuoso resultaba de lo más exquisito que podía imaginarse, cada representación alcanzaba tal grado de perfección que costaba imaginarse una coreografía ensamblada en otra cosa que no fuera, el gran escenario de la solemnidad teatralizada con escrupulosa y afectada desenvoltura, casi como una disputa magistral, una gran radiografía de las esferas del espectáculo, que según mis cálculos culturales -y siendo un tanto rudo con mis coterráneos- no resulta del todo apreciada en su completa dimensión artística por aquellos horizontes y latitudes en donde me crié. Al final las estrellas, no todas esta vez, brillaron para el taimado y entrañable héroe mejicano. Al final, con los créditos supe cuál era el nombre de la película: "Abajo el Telón". No añadiré mucho más pues temo agenciarme demasiadas animadversiones por parte de los entendidos en estos asuntos que he tratado tan a la ligera en mi extenso comentario al margen aquí expuesto, simplemente expresaré que me resulta hermosa la manera en que refirieron todo lo que creo fue referido y el regusto contenido en la memoria de lo que se hace borrón y cuenta nueva, porque hay cosas que ni para qué ahondar en detalles, como mandadas por un ángel, uno de esos correctamente vestidos; una joya para la posteridad, donde de seguro las piezas raras serán valiosas tanto si resultan lo que son como si no resultan lo que no son.

PARA SACUDIR ALGUNAS CONCIENCIAS







viernes, 1 de junio de 2012

Taxonomía individual


Si está el habla ¿por qué escribo?

¿Qué razones tengo para escribir? No suelo remontarme mucho en cada pregunta que me encuentro, pues la mayoría de las veces me pongo muy mal cuando no logro brindar una respuesta respecto a algo, que por lo menos me satisfaga a mí, en eso resulto ser bastante egoísta. Sinceramente no lo sé, yo veo la escritura como una herramienta de vida, como las artes marciales, un oficio que en la práctica no te destruye irremediablemente. Como ellas, veo a la escritura tremendamente disipada en fruiciones pervertidas de sentido intransigente, qué le vamos a hacer, pero también veo una especie de dignidad en aquello que ha sido escrito con trabajoso cuidado por quienes se dedican a ese singular oficio. Sin embargo yo no escribo por oficio, al menos todavía; escribo en un potencial intento de liberar, junto con el texto, alguna parte de ese mundo incierto que me habita y que no conozco tan bien como debiera. Tengo una idea imprecisa de las aproximaciones que, no obstante, sirven estupendamente para confundir.

A decir verdad creo que empecé a escribir porque desconocía el lenguaje que habitaban las multitudes a mi alrededor, y nunca me hice entender apropiadamente ni me importó demasiado, hasta donde recuerdo. Pero uno se hace adulto, es decir, se muele un poco en la experiencia de todo cuanto acompaña la existencia, nos percatemos de ello o no, más bien no, como suele pasar con mayor frecuencia, y empieza a entender las sutilezas que vinculan unas existencias con otras, dentro de ese estipendio cromático del sentido de responsabilidad, que deviene anclado en algún momento, junto al instinto de supervivencia. Supongo que también existen demasiadas prácticas, cada una con su abultado fardo de devenires imperecederos, que distan caminos insospechados, que bifurcan sus destinos en otros senderos de frivolidades y mesuras más selectas o indiscutibles, pero no alcanzo a abstraerlas en este momento y seguramente no me interesan lo suficiente, como para intentar meditar un rato sobre sus desconocidas y excepcionales naturalezas.

Escribo como quien hace una cometa que espera ver en el aire algún día; el ejemplo es malo porque remite a realidades que, si bien me resultan familiares, no integran apropiadamente mi enajenado patrimonio audiovisual, cuando expreso alguna idea en alguna superficie. El ejemplo es deficiente porque yo estoy pensando en algún tipo complejo de fengzhen, una de esas cítaras de viento que precisan una docena de personas o más para elevarse. En el mejor de los casos pienso en algo menos espectacular, una cometa humana por ejemplo; sería lindo subirse en algo como eso y deslizarse en el aire algunas horas, debe pensarse distinto desde otra altura, sobre todo si uno va por su cuenta, sabiendo que al efectuar alguna tontería podría terminarse arrojado contra el bello horizonte que besa nuestra sombra.

Igual que la vida, que muchas veces sitúa el espectro de sus horizontes a la altura de nuestra nariz, por lo que de vez en cuando se nos antoja volar. En fin, escribo (algunas veces) como si quisiera conocer algún secreto recóndito que espera ver la luz, como si al hacerlo entrara a formar parte también, de ese universo de significados que apenas intuyo tras la fría indiferencia de mi perezoso intelecto. Escribo para no ser mediocre, aunque no sea ni siquiera un escritor mediocre, escribo porque al hacerlo casi puedo sentir que hago algo relevante, que estoy cerca, que me animan las palabras, que me alientan incluso los silencios entre una frase y otra, aunque tarden en aparecer los vocablos que me hacen hablar realmente; la escritura es algo que yo mismo no podría dejar de respetar al punto de considerarlo innecesario. Tal vez he interpretado que hay algo mágico en la escritura, no en la capacidad de escribir, de eso tengo poco o al menos no lo suficiente como para vencer del todo mi desidia cotidiana, si bien resulta suficiente como para percibir el atuendo fantástico de un mundo, que existe incluso con más valentía que la misma maternidad, porque existe a pesar nuestro, a pesar de que para existir tenga que pasar a través nuestro.

Además siento que al escribir puedo hablar mejor, pues hasta donde entiendo, si el sentido no es inconmovible, la estética de unir un vocablo con otro sí lo es. En el fondo eso es algo que persigo, que quiero seguir persiguiendo aunque siempre parezca fuera de mi alcance. Escribo porque encuentro que es bello escribir, la belleza siempre me ha seducido, qué le vamos a hacer. Ahora bien, cuando se escriben disparates, por accidente o con alevosía, yo no creo del todo que ello sea o provenga de la escritura, definitivamente lo entiendo como una imitación con algún propósito miserable, o como parte de la intoxicación sufrida por el aliento vigorizante que anima el cuerpo, por decirlo de alguna manera, con los orbes fundamentales de una depredadora tradición, que rebasa las culturas y los tiempos, más allá de la limitada perspicacia individual. Yo escribo para no imitar, porque siempre me llamó la atención eso que llaman autenticidad, y que todavía no sé muy bien qué es, pero para eso escribo.