La condición

La condición

sábado, 14 de junio de 2014

DROGAS, SEXO Y ROC AND ROLL


Viene de LA ECONOMÍA SUMERGIDA

Bastaba con extender el principio de la flexibilidad de las superficies para irrumpir en un orbe de fantasía, ironías aparte, consumadamente inadvertido, una habilidad heredada de aquellos tiempos en que unos cuantos míseros folletines escandalizados de tres o cuatro augurios y dos o tres cándidos apetitos, salpimentaban la ruda existencia de esos hieráticos y comedidos paladines, lanza en ristre contra el nuevo continente, subsidiarios a fuerza de tesón, a una manumisión desflorada a palo seco por la imposición, a filo de hacha, del bizarro espíritu puritano, el cual de cuando en cuando retortija visiblemente sus entrañas, mucho más que el encogimiento o desplome de su intrépida economía. Inusitadas eidexégesis de la Historia. La vivacidad de un comedimiento tan altruista parece tornar algunas trazas de temeridad, con el tiempo y la distancia, en leves cenizas para un delicado esparcimiento. De tal suerte, emergen en el panorama inmediato ciertas expresiones eufemísticas, cuyos senderos se irrumpen de formas todo menos ortodoxas, es decir, más allá del escozor moral, en la destilación de horizontes tan exóticos como intrínsecos. He a continuación un ejemplo de ello.

“Si se expresa la noción rudimentaria de economía sumergida en función del PIB, una disminución de éste genera un aumento automático de la economía sumergida, de inmediato y viceversa” ...Un panorama financiero complicado, si se lo contempla seriamente: implosión de ingresos y explosión del gasto. Y suele suceder que ante los panoramas financieros complicados, por lo general no se pregunta de dónde viene el dinero. Cuestión de valores de interpretación. Malestar aparte, la llamada prostitución voluntaria se considera una “actividad económica” que se convulsiona en zonas que no se encuentran contempladas en los niveles de la iniciativa empresarial viable, y menos como dinámica de promoción laboral. Aunque la sociedad haya hecho magnos esfuerzos por legitimizar algunas formas de prostitución, por lo general relativas al pragmatismo de la conservación de los valores, un legado quizá escandinavo, bajo la fachada caravánica de las buenas costumbres y el papel central de la familia, una prostituta o un prostituto estándares, no tienen permitido tributar por los ingresos derivados de su oficio, ni mucho menos contribuir con ellos a las formas representativas de cotización vigentes, por más que ambicionen ser una parte productiva de la sociedad. Se encuentran, por decirlo de algún modo, irremisiblemente ligados a lo que se conoce como economía por asociacionismo, una vertiente marginal de la modulación accesoria de las riquezas foráneas.

Los norteamericanos son precisamente todo lo contrario a un ejemplo a seguir, especialmente en el momento que nos corresponde llamar su singular tiempo presente, tan lleno de incertidumbres y despropósitos a merced de renovados y aterradores vaticinios, provenientes de ninguna y cualquier parte, de un porvenir que ya no les pertenece, que ya no pueden empuñar con la vieja certeza de sus principios exaltados, su economía rimbombante, su eufórica simetría suburbana, su decadente cotidianidad apesadumbrada, sus inspirados destellos sintéticos, perdurables a costa de implantar lobregueces y esparcir la exuberante desolación de su truncada grandeza, aunque se esfuercen por aparentar las cualidades del superhombre, el guerrero, el patriota, el pilar de la sociedad; no obstante y gracias a que su historia nos permea las naguas con un viscoso rezumado de aquelarre santurrón, a lo largo de los siglos que abarcara la llamada edad temprana del ostracismo moderno, o algún viso por el estilo, nosotros mismos hemos agrandado nuestra colección de traumas a una despensa bilingüe, de tal suerte que, entre algunos ¡ah! Y ¡oh! de propagación cosmopolita, lingüísticamente hablando, y cuando su popularidad declina y se diluye en un nuevo amague de postrimería prematura, una contemporaneidad encolerizada presume su cetro con degustaciones impalpables, es decir, etéreas, mientras la política de la desconfianza perfila un nuevo rastrillar de garras, a ciegas y contra un monstruo informe, es decir, salvajista, así el estatus de ansiedad que gobierna los derroteros regulares de la didáctica de las bacanales indica que, si bien debe haber esperanza, no parece haber adarga que nos libre de proliferar en la destrucción, y con ello un baldón de etcéteras profuso y perverso para quien se encuentre bajo su sombra.

Hay muchas formas de escudarse en argumentos de todo tipo. Norteamérica es para muchos norteamericanos la tierra de los magnates, cuya perspectiva no trasciende lo que hay más allá de los océanos, aunque ahora el mundo esté en todas partes. Es entendible, su esplendor empezó cuando Europa estaba en ruinas, su revolución industrial reemplazó la mano de obra esclavizada o de esclavos, aunque para ello se emplearon las técnicas de “sistematización laboral” de manufactura nazi. Según se especula, el gran cambio que envolvió y dividió al país en una guerra fratricida, no ocurrió sólo por los puros excedentes enfrentados a la manutención, según el informe oficial. Quizá el sur fuera renuente por su retorcida filiación a un sentido de inferioridad intolerable, pues los estadounidenses saben odiarse entre sí con mucho entusiasmo, y tal vez por ello, al enfrentar nuevos enemigos que no pueden aplastar, han aprendido como disimularlo. La desconfianza en un gobierno que se inmiscuye en la vida privada los ha hecho propensos al aislamiento simbólico, la cultura de base pop y el mass entertainment. Salvo que a diferencia de la prohibición, este material, incalculable y estrechamente embrollado, se encuentra a disposición en cualquier momento y lugar, y, si no representa amenaza, bajo cualquier circunstancia.

Su bohemia, antes de la resaca que marcó la brecha entre un antes y un después, la cual muy pocos habrán olvidado tanto si lo presenciaron como si no, fue una era postindustrial, aturdida y decadente, regida por trafagadores altibajos y, si se me permitiera una circunscripción de bajo espectro, entertainmentesca. Hay que reconocerlo, para una fracción de doscientos cincuenta años o un poco más, de una cultura francmasónica y un tremendo historial de fraudes y complots que más parece, a veces, un burdel real del siglo XIV o algo por el estilo, han sabido cumplir con el principio de vivir rápido e irse ardiendo. Mejor eso que enfrentar sin alivio las reprimendas de una revisión censuradora, aunque sea falsa. Se dice, a manera de chisme, que Lincoln quiso abolir la esclavitud para que proliferaran los burdeles, que era una de sus más secretas ilusiones, etc. Pero también se ha dicho de buen frintein que se comunicaba con algunos alienígenas, de ideología armonizada notablemente con los principios de cierta entidad secreta. Por estos lares de la cohorte que lleva invertida la etc. –Averiguar, sonsos-! Pero patrañas aparte, su propio primer despunte fue brutal, incontables violaciones a las culturas que, de cualquier modo, habían decidido borrar en un holocausto que algunos dicen no termina, o no acaba de terminar, para ser consecuentes con los ímpetus ventilados. Luego del famoso encuentro del ave fría –lejos de una grandeza espiritual, lo único que les quedaba era la “dignidad” de no ser exterminados, por lo que se pusieron ellos mismos a exterminar. Se sigue dando gracias hasta ahora.

Los casos documentados y reportados en los informes sobre abusos sexuales en EE. UU. por la FF. AA. indican que su ejército es responsable los hechos por los cuales existe la mayor cantidad de denuncias sobre, como no, intolerancia y autoritarismo, pero también trata ilegal de personas, especialmente de comportamentalidad femenina, y entre los delitos más frecuentes y significativos, cohesión para prostituir y prostituirse. La mejor prueba de su asiduidad a cuantos sitios y lugares clandestinos se ahuequen por doquier idóneo zigzagueo del relieve urbano, o donde se encuentren, la cartografía puede ser inabarcable, depósitos y depósitos de especulativos anagramas y laberínticas exploraciones en un delicado equilibrio dominante. Cuan trajinados y desvaídos, predicando un atrabiliario manifiesto de respuestas sin preguntas, y sin embargo, han apoyado la Ciencia. ¿Cómo se explica eso? Los aficionados a las teorías conspirativas especularíamos, quizás, con desequilibrios léxicos y una retahíla de afirmaciones sociologistas; diríamos, por ejemplo, no es que hayan apoyado la Ciencia, se han apoyado en ella y, a riesgo de chiste, se la han apoyado, nosecuantas veces y con athlética celeridad, quien sabe, quizá hasta pueda atribuírseles el vago concepto de una nueva fórmula de decadencia, una que se regodea en la crapulencia de sus tecnicismos omnímodos tipo “El Gobierno Tiene La Razón” y entes de ese estilo.

Un declive autoritario de ingentes ultranzas  y de sutiles mediocridades. Llamémosle, ya que estamos en tan buenas migas diplomáticas, omisiones de buena fe, sin embargo nunca se olviden que hay que aprender a arroparse con el manto de la confianza que poseen las grandes mentalidades de corte estadista y vandaloempresarialista. Pero este no pretende ser un texto tipo blog del juicio, se trata de un disparate diferente aunque tenga una semblanza semejante. De vez en cuando la jurisdicción de los símbolos resulta ineludible, es cuando tomas o no la decisión de arriesgarte y esperas que no se te interprete trágicamente sino en el tono amable en que se departe una íntima y trapicheada amistad. Amistades de ese calibre con mucha frecuencia se encuentran sólo donde rezuma el fragor del sexo consentido, que sin embargo se encuentra enmarañado en el lujo, a veces extravagante, de poseer la atención de alguien por un par de horas. Y dado que mi trabajo es imaginar y no juzgar, dejad que la imaginación juguetee a sus anchas por algunos minutos, siquiera, antes de hacer el primer contacto visual con quien sea que se encuentre a vuestro lado.


LA ECONOMÍA SUMERGIDA


viene de : CON BASE EN EL ORIGINAL

Nota de lectura: En algunos tramos de esta especie de pseudoadmonición tipo recodo a la deriva, se aglomeran ciertos despojos cauterizados de un corpus más o menos amplio, en general de dominio público, su advenimiento en este caso podría resultar discutible, incluso más allá del escrúpulo académico.


Se nos ha dicho que lo que hace la vida interesante es el conflicto, que los inconvenientes y el cómo los resolvemos o salimos de ellos es lo que realmente importa, que las magnitudes de nuestras problemáticas establecen las dimensiones a las que podemos y debemos aspirar, que nuestros sacrificios o lo que podría llamarse el calibre de nuestra persistente devoción a mejorar, ya se trate de fenómenos trascendentes o no, sobrellevan el prestigio de una especie distinguida en términos generales por el designio de la reflexión, aplicada o no, y que a ello se debe sacrificar incluso la vida misma si resulta necesario. Pero ¿qué es realmente lo que se enuncia en un postulado de esta naturaleza, tan sutilmente radical y plausiblemente ideológica? ¿Quizá que lo que lo que más importa en la vida es el respeto a lo que se nos ha dicho? Seguramente que no; pero ¿y si la adhesión social se simplificara en un si hubiera más armonía en el mundo, en el sentido de una aquiescencia solidaria, seríamos más felices? Voy a tantear el resbaladizo asunto, que acaba de aparecer aquí como sacado de la manga, desde otro ángulo, uno que me permita trenzar una admisible ilusión de coherencia. Ahí va.

¿Qué pasaría en el mundo si hubiera más armonía? En la actualidad el mundo civilizado tiene en la democracia un concepto de gobierno extendido y adaptable, que por otro lado casi no se practica por múltiples razones de orden y euritmia casi inexplicable, y que no entraré a debatir, esquivando así el riesgo de entramparme en una disertación infinita. Sin embargo dicho concepto propugna ese tipo de valores que se suelen conceder al expresar la pertinencia que se afilia, principalmente, a las nociones de orden político, de competencia cooperativa, entre las cuales se anteponen ciertos rudimentos que podrían parecer insólitos al día de hoy, tales como la fraternidad, la conciliación y la ineludible correspondencia entre derechos y deberes... A pesar de rehuir las posibles conveniencias o no de una dialéctica irreflexiva, en el presente sumario intentaré articular, sin demasiadas negligencias, eso espero, la insuficiencia de mi discernimiento sobre asuntos tan ajenos a mi específica cultura, junto con el deseo de aprovechar la tradición de casi una centuria de eufemismos para los comportamientos desmedidos, y exponer, por el sinuoso camino de la mnemotecnia, entre otras, la necesidad de legalizar y profesionalizar uno de los servicios de corte recíproco que se encuentra más descuidado, y no me refiero al régimen mediante el cual intentamos justificar cualquier sistema de gobierno.

Si de manera utilitaria definimos la felicidad con un poco de pericia permisiva, resulta admisible que si bien parece provenir, al igual que el resto de los afectos conceptuales que se nos traducen en forma de emoción, de algún área del cerebro donde las ilusiones dominan, y de una forma tal que su manifestación bordea los dominios que concebimos como realidades, podemos asimilar que la felicidad depende, para sobrevivir con dignidad, de una buena medida de tolerancia, concordante o compatible con los sistemas de organización que nos han tocado en suerte; una especie de modulación de la sociedad en un sentido grato, complaciente, conciliador, inofensivo, es decir, eutópico. Y puesto que más tolerancia no significa necesariamente menor deferencia o disposición de conflictos, pues los conflictos, como ya se ha dicho, crean el entramado de interesancias que vuelve la vida, más que un algo fascinante, un algo excepcional, puede llamarse a este tipo de tolerancia una especie de armonía, una sutil armonía habitable. Aunque como casi siempre ocurre, la inflexión directa parece funcionar cuando menos en reversa.


Pero la armonía es un asunto más bien complicado para los seres humanos, depende de lo que puede calificarse como un temperamento social, que suele estar más acorde con cierto tipo de conflictos. Demasiadas asperezas hacen cola por su cuota de satisfacción, entre ellas el campo de lo privado, la dimensión de lo personal, por decirlo de algún modo, una superficie tan cargada de optimismo como de fastidio por no decir más. Una de aquellas franjas de soslayada reserva gravita alrededor de lo que se puede hacer o no con el propio pellejo, no necesariamente con lo que se está, por alguna u otra razón, obligado a hacer. Tan particular cuestión podría manifestar agudezas desaconsejadas, incluso invasivas en el terreno de lo privado, pero nada que no sea menester tratar en algún momento. Para acoger de la manera menos inoportuna las un tanto irrisorias dos vertientes introspectivas que parecen surgir de este arroyo legamoso, se me ocurre mencionar, como si de un al vuelo se tratara, sólo uno de los aspectos unificadores que caracteriza una pequeña, pero distintiva e importante parte del itinerario correspondiente a nuestra trayectoria compartida.

Tras una tentativa circunspecta convengo en que se podría describir más o menos como se lo expresa en los círculos medianamente especializados: la dúctil oferta del oficio de acompañamiento esporádico lúdico y esparcivo más antiguo de que se tenga registro, es decir, contextualizando un poco, que tratará del “asunto” de la legalización de las actividades sexuales realizadas mediando, de manera más o menos improvisada, convenios bursátiles inmediatos, una práctica conocida como prostitución. Ahora bien, en términos de análisis bursátiles, parece no ser posible analizar datos oficiales sobre el volumen de dicha economía mercenaria, pues no existen, más allá de un sinnúmero de aproximaciones y estimaciones por parte de distintos colectivos, vinculados a diversos tipos de reivindicación, prevención o defensa de los variopintos y concurrentes estilos de vida asociados a la práctica, discernimiento y rutinas partidarias de los panoramas sexuales en oferta, por decirlo de algún modo. Y ello ocurre impunemente bajo la mirada impertérrita de la sociedad, acostumbrada a los agobios cotidianos de los monopolios.

Tal vez haga falta advertir que una opinión semejante puede ser señalada de insustancial, cuando menos, pero entre los ejercicios de revisión fiscal que se asumen en Colombia, demás está decir por estos días, demás también citar operaciones análogas en todo el orbe, es quizás el momento de recapitular un poco y poner a cuestionamiento, dado el enorme déficit presupuestal al que se enfrenta el mundo, la viabilidad -o el conflicto- de gravar aquellas actividades que, por un lado, gozan de una tributación nula y por otro padecen del más abnegado desprestigio, bien por encontrarse en una alegalidad obvia como puede ser la prostitución, bien por ser ilegales dentro de ciertas facetas, como puede ser el tráfico de drogas blandas, hachís y marihuana, por reiterado ejemplo, que, dependiendo donde nos encontremos, se considera delito si bien no así su consumo, o no del todo, o a lo mejor me equivoque, tal es el clima de mi actualidad sobre el desconcierto mediático que alcanzo a detectar, a través de la displicencia des-informativa que, desde luego, no sólo concurre a mi alrededor.


...DESPOJOS CAUTERIZADOS

: CON BASE EN EL ORIGINAL



Nota aclaratoria: Siguiendo un hilo más bien perezoso en el tratamiento de los temas que se encuentran en cuestión, he utilizado en mi favor las actuales circunstancias hipermediáticas de la comunicación y del lenguaje. En ellas los averiguamientos para suministrarme la información y las referencias, basadas en las cuales auguro sobre las diversas singularidades mencionadas, y que del mismo modo desconozco, se fundamenta básicamente en una juiciosa y subrepticia plagialidad del estado del arte.


DISPERSIONES

Hace relativamente poco tiempo, apenas el fértil asomo de un castañeo subconsciente, pude ver -con escueta diferencia podría decir “contemplar”-, cómo asomaba de su casi inadvertido sueño de décadas, uno de los proyectos más significativos para mi efímera percepción de la existencia, lo cual no resulta demasiado importante de no ser porque, con presunción de objetividad, no debo ser el único... Me refiero al remake de Cosmos, uno de tantos a decir verdad, y que suspicazmente pretende ser una de las reminiscencias más memorables de aquél grato bosquejo de Ciencia aplicada, cargado de pertinencias documentales según lo que recuerdo. Si bien me pareció que se manifiesta algún traspiés de más para mi gusto excesivamente escrupuloso, quizás ineludible en la aligerada dinámica contemporánea, aquello bastó lo suficiente como para revivir casi a flor de piel mi trivial curiosidad, todavía precipitosa, por los fantásticos y espinosos recuentos de un trasiego apretujado de sombras inefables y no pocos relámpagos de confusión, lo que algunos estaríamos dispuestos a llamar de buen agrado y con una sencilla disposición de ánimo: la Historia. En la breve tormenta del intelecto que nos compete, se agita el eco de un grato o quizás ingrato recordatorio, el de un pasado compartido que habría que conocer.


Hasta donde se piensa que podemos deducir y dentro de lo que se puede definir como existencia, ocurren fenómenos de naturaleza extremadamente singular, que con el transcurso del tiempo y los refinamientos idiomáticos hemos llegado a llamar cognitivos -además de usar otros términos, astutos de nosotros-, los cuales nos permiten interpretar los asuntos que por una u otra razón nos llaman la atención. Lo interesante de este aspecto del mundo humano, o una de sus interesancias, es que la conjugación de sus componentes resulta susceptible de ser organizada, hasta cierto punto, al menos en la dimensión abstracta y hoy casi rezagada del pensamiento aristotélico. Pero también resulta importante porque involucra los límites, intuidos más como horizontes que como fronteras, de las capacidades didácticas de que disponemos para entenderlo todo. Supongo que no tenerle miedo a buscar las respuestas no es lo mismo a no tenerle miedo a la posibilidad de encontrarlas. Imagino sin mayores dificultades, que lo último está relacionado de forma más directa con las estructuras de soporte especulativo que conocemos con el nombre de Ciencia.


La Ciencia nos involucra a todos en la medida en que es el compendio organizado de los intereses que presentan una dimensión común. Una de las ideas que se expresan en el proyecto de Carl Sagan -para no perder la insinuación de una vaga idea esbozada en el primer párrafo-, infiere que los moldes de la vida estarían, en teoría, por todas partes y que, eventualmente, se ocasionarían fácilmente, aunque no podamos entender todavía cómo lo hacen, ni siquiera en nuestro propio ambiente. Pero algo que sí sabemos es que, salvo raras excepciones, también se deshacen con relativa facilidad. Los organismos encuentran su forma de sobrevivir atrapando en sus sistemas la energía que precisan, lo hacen de manera autónoma y a veces por medios tan primarios como sorprendentes. Algunos organismos simplemente cosechan luz, de manera directa, convirtiéndose en el soporte de la vida, donde esta depende de ella; otros organismos entre los que se encuentra nuestra especie son complejamente parásitos de los primeros. Este simple enunciado me lleva a intentar explorar, en cuanto me percato de la posibilidad, algún que otro tramo de la complejidad que nos habita. No obstante, basta con que uno se interese por algún tramo para que se disperse la potencia intuitiva que procede de nuestras contradicciones. Tenemos tendencia al protagonismo.


Sin embargo dicha complejidad habitacular, al menos en la extensión no ignorada de “nuestro” planeta, no hubiera sido posible si no hubieran existido los asombrosos entramados entre las naturalezas física y química de los elementos primigenios. Ahora bien, que existan unos elementos primigenios parece tener una relación especial con un alter-entramado rubicundo, un tanto externo a nuestra percepción de la cotidianidad. Sin embargo –y este segundo sin embargo promete alargar de manera superflua la extensión de este comentario-, parece que no hay nada en nuestra vida que tenga mayores consecuencias cotidianas si terciamos por allí. Una especie de adagio adoptado, a última hora y a regañadientes por la Sicología aplicada de finales del siglo XX, que acrecentó su perspicacia en los sumideros novecénticos de una Antropología de lo inefable, enuncia, exagerando un poco, que reverenciar al sol y a las estrellas tiene al menos un sentido, ya que al fin y al cabo somos su producto indirecto. A pesar de que esa es una idea que alcanza a ser revolucionaria, al interior de la catarsis duelada que abarca nuestro tortuoso aprendizaje colectivo, si se puede llamar así, se ha admitido de manera más o menos generalizada, que las respuestas a los porqués pueden y suelen tener más de una explicación convincente, dependiendo consecuentemente de los intereses implícitos de la cultura dominante y de los grados de fe implícitos.


Como se sabe o se especula con mayor o menor suspicacia, para algunas culturas y quizá la nuestra deba incluirse, la verdad puede no ser otra cosa que una alucinación muy bien argumentada, o acaso (para otras culturas) la réplica pasiva de una ignorancia muy bien administrada. Intentar conjurar los muchos siglos de ostracismo dialógico ha sido, en algunos casos venturosamente contrariados, el propósito de algunos sistemas explicativos del mundo. A lo largo y ancho de nuestra fugaz historia registrada, las diversas ideologías, similares en vastos sentidos a lo que llamamos Ciencia, han competido encarnizadamente por obtener el dudoso monopolio sobre los derechos de verdad, y cualquier aspecto que les facilite lo que podríamos llamar una verosimilitud estructural de sus planteamientos. Se trata de un material que resulta susceptible de convertirse en trasfondo enajenado de la intolerancia, en un elemento de cohesión que en algunos casos puede ser utilizado con el propósito de excluir. Hay que reconocerlo, nuestra forma poética de plantearnos el mundo ha probado tener abundantes puntos de convergencia con destacables mecanismos de meticulosidad. Tal vez ahora –un simple ahora sempiterno en nuestra humilde escala existencial- nos encontremos develando, a la manera en que los renacentistas andaban descubriendo los mediterráneos pensamientos hoy llamados clásicos, las potentes cargas de verdad en afirmaciones y sistemas de creencias que en una época, más bien reciente, todavía solían ser consideradas parafraseos balbucientes de incidental relevancia, cuando no descarados anatemas al orden establecido.


Como si dado el momento, pudiéramos hacer a un lado los argumentos desdeñosos que ponen en primer plano las cargas místicas de aquellas cosmovisiones y, en seguida, en vez de despreciarlas categóricamente, como si de planteamientos filosofístcos –y por lo tanto desautorizados- se tratara, aspirar a una lectura semejante, o limítrofe, con la que pudieron pretender quienes las construyeron; llevados a suponer que tal vez ello nos permitiría establecer y patrocinar el interés crítico, tanto a favor como en contra, de las tendencias de ciertos sistemas de dimensión exclusivamente política, cuya participación en la historia sólo es entendida, por lo general en términos autorizados, cuando deslumbran por su ausencia en pleno mediodía los más mínimos matices indulgentes, en el a veces forzoso batir de alas de la clarividencia gubernativa, a partir del deseo de homogeneizar y contener el pensamiento en una sola manera de interpretar. Y ahora que ya hemos entrado en calor, me gustaría imprecar con unos cuantos párrafos propensos al desentusiasmo, una vieja y repentina visión de lo que tal vez somos, y que me ha venido a la mente, como la húmeda envergadura de una temática esquiva. La titularé sin mayores sentimentalismos:



miércoles, 5 de junio de 2013

comentario




Un filme resuelto a evidenciar poéticamente algunos trozos de las exuberantes pesadillas del ser humano. Alguna vez reparé en ella con la precaución que suelen despertar las obras prestigiosas de ese estilo, y escribí algo que encontré en mi memoria por azar, cuando me encontré con la imagen, deambulando entre las afluencias digitales de la Red, en busca de alguna comparecencia interesante... Lo transcribo aquí, abusando de la posibilidad del comentario, aunque semeja más que una observación entusiasta, una contundente semblanza del mal.

Todo el hollejo narrativo de esta película ha sido compuesto, casi literalmente, mediante los finos artificios presentes en la juiciosa descomposición de la trama [no recuerdo a quién se lo escuché], perfilando las rudas facciones del relato con argumentos visuales rigurosos, indicio de un homenaje al homenaje. En algunos fragmentos las superficies narrativas se recargan de un significado que encarna el dolor de una imaginación fecunda, al interpolar encadenamientos que expresan la artesanía implicada en un exterminio tristemente célebre 1.

Un suspiro anecdótico en aquellos mismos fragmentos, que omito describir por simple decoro con el lector potencial, amortigua la sistemática desenvoltura de los escenarios representativos con que se nos revela, en una forma épica de la épica, la miseria de la condición humana, en un trayecto muy accidentado de la historia poco más o menos contemporánea. La capacidad organizativa de la modernidad en ciernes convertida en un carnaval obsceno de autodestrucción 2.



Esos exteriores son despejados, yertos, fríos, viciados por la descomposición. Los pañuelos y los guantes sirven para crear el efecto o aura de repugnancia casi intolerable del ambiente, pero respecto al absurdo de aquel espacio revelador de las contradicciones orquestadas por la llamada naturaleza humana. La ceniza es inquietante, puede ser, tal vez, una metáfora de la conciencia. La  escena donde vemos la iglesia y a Oscar Schindler, secundan para simbolizar la corruptibilidad del hombre que, sin embargo es capaz de encumbrarse a categorías sublimes, a través de sus holocaustos internos, y también por la forma en que aprovecha las oportunidades que encuentra.

Hay un escrúpulo en la manera en que los personajes llevan sus ropas, eso determina sin más esfuerzos los rigores del clima... Algunos prisioneros usan azadón... Los niños que juegan en el parque tienen gorras polacas, las que más tarde se reconocerían en la indumentaria de la revolución bolchevique; esto nos sitúa en un contexto histórico con dimensiones de profundidad, un gesto que tal vez correspondan los cronistas más austeros. Por el lado de los uniformes, si no fuera obvio, casi se podría decir que representa la ideología nazi misma, construida según los documentos mediatizados, sobre bases de un chovinismo y un odio racial utilitario.


Ψ


Los gorros de las militares nazis son bastante altos, una estilización que las ubica en espacios concretos de responsabilidad social, florecientes a partir de las próximas décadas, aunque por otras razones. La reconstrucción del bunker donde higienizan a las mujeres es más que impresionante, posee cualidades iconoclastas sobre la doctrina exteriorizada, en el sentido de que es muy estable, inamovible, hermético; la ventana redonda deja la sensación de estar arriesgando una crítica sobre los micro universos abominables de los sistemas fascistas. Se adivina que Spielberg quiso proyectar desde el principio la trascendencia escultural del héroe, haciendo frente a las más artificiosas formas de barbarie. Al respecto podría aventurar que el anillo en la mano izquierda de Schindler (momento de quiebre), se ofrece para exteriorizar tono temporal del tiempo cronológico de la historia, y quizás la relación mística con los judíos a su cargo, o algo así.

Montañas de cadáveres, restos humanos que se convierten en restos de una cultura; según recuerdo la película no dimensiona los alcances étnicos del tratamiento alemán en el contexto y sólo sitúa a los judíos en el encuadre narrativo. Los militares son todos jóvenes, casi podría decirse que las víctimas también lo son, como para acentuar aún más las proporciones del absurdo. Las ruedas sin llantas son un énfasis esquelético que penetra en el contraste de los uniformes y los rostros jóvenes. De hecho, en la escena de la iglesia se lo presenta desde un rincón de mundana austeridad a punto de romperse, lo cual parece insinuar una especie de inmortalidad material, el simulacro más fallido de los impulsos de la autoridad desmedida (en esta especulación, tal vez ese momento, de marcada distinción, un florecimiento a la sombra del destino, se encuentre relacionado con el ritual de las piedras que se tributan en la tumba hacia el final de la película).


ψ


Un detalle que no pude olvidar es que en la oficina de Schindler, mientras el equilibrio del poder gira sobre los goznes estridentes de la ofensiva aliada, hay de cuerpo presente una lámpara central metálica en forma de cilindro. Acompaña la composición de tristeza o desesperanza de los dos hombres. La lámpara está “cabizbaja”, por así decirlo. Los estrechos lentes del amanuense, interpretado magistralmente, sirven para dimensionarlo, darle profundidad, una cierta distancia cultural respecto a su paradójico y temporal dueño de su destino. También le confieren una dignidad inquietante.

La máquina de escribir es de un mismo tono o muy parecido, que el automóvil en el que se transporta Schindler, lo que hace suponer que el escribiente judío es su conductor y que la máquina es el dispositivo mecánico de su trascendencia; tal vez exagero, sin embargo parece haber una concesión al desvarío de los sentimentalismos, las vidas de los que salva son viajes emocionales, por así decirlo, y la representación se expresa en contradictoria consonancia con el invisible material del espíritu. Ambas cosas parecen ser suyas y sin embargo es la máquina de escribir la que finalmente le permitirá llegar a su destino. Me gustan los simbolismos, ¿me cuesta trabajo concebir algo fuera de su orbe?

En la oficina también hay un reloj redondo de pared, símbolo del plazo en que se convierte la vida cuando se llega a un estado de conciencia. Los cables de conexión eléctrica visibles construyen la movilidad de los escenarios y el carácter transitorio de la vida, lo efímero de la migración humana por la realidad. Para la escena de los cabellos se utilizaron delantales, tijeras y violín al fondo. El violín más que complementar la dinámica dramática lo que hace, es permitir que el acto de cortar los cabellos se convierta en un fenómeno iconoclasta, que genera en la psiquis el efecto de una amplificación del atropello infringido a las mujeres, las cuales son, en el filme, una dolorosa alegoría de algunas de sus condiciones de vulnerabilidad universal [Ingenioso].

Quisiera insistir, por último en aquel aspecto luminotécnico que a mí me genera el ambiente infernal que bien sugiere; es similar a la comparación que se puede hacer del campo de recolección de cadáveres y la visión universal que se tiene del tema de Dante, cuando representa al infierno. Pero aquí, la representación se aleja un poco de la propuesta teatral y se adentra de lleno en los aspectos menos grumosos de la cinematografía. Creo que aprovechan la ubicación de las dos luces que se apagan, ladeadas ligeramente, para crear la sensación de una presencia diabólica que mira complacida aquella burla; se me asemeja mucho a la posición de cabeza ladeada de algunos asesinos o sicópatas, personificados en la gran pantalla, que contemplan en éxtasis las formas de alguna destrucción.





1. Tanto la grúa transportadora como el bunker acondicionado o diseñado para la “limpieza” son aspectos visuales, que establecen el proceso sistemático diseñado por los nazis en la SGM para perpetuar aquel famoso genocidio conocido como El Holocausto. Exponen claramente los niveles de aberración alcanzados en la invención de la industria criminal en que se convirtió aquel proyecto nacionalista de estado.

2. Los uniformes (tanto los de los militares como los de los prisioneros), recreados con toda meticulosidad, también están orquestados para producir una intimidante sensación de orden, dominio, sangre fría, locura; que consolida la presencia de las carretillas con las que se tornea la escena macabra de tan comprometida jornada.