Procurar que los actores sociales de la comunicación sean más, tanto en número como en calidad y diversidad, en la medida en que la sociedad pugne por procesos audiovisuales y comunicativos con los cuales fortalecer fenómenos de participación, crítica y aprendizaje.
La condición
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martes, 4 de diciembre de 2012
UN POCO DE MUCHAS COSAS
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jueves, 15 de noviembre de 2012
La danza de las cañas cortantes
Liliana Montes interpreta "Aguacerito llové" del álbum "Corazón Pacífico"
La danza de las cañas cortantes
Cierto día encontré un
duendecillo, era de noche, pensé que era un elfo por su tamaño, su estatura era
mayor de lo que yo le atribuía a los duendes, por demás, me los había imaginado
tan pequeños y livianos que podrían reposar pausadamente, sobre una delgada
rama sin romperla y con el único peligro de ser devorados por una serpiente o
algún otro bicho semejante. Una vez también vi un hada volcada sobre una silla,
parecía que no entendía qué le había pasado. Estaba al revés y no podía
remontar el aire. En fin, que eso es otra historia; el duendecillo me invitó a
casa de un mago a donde no quería llegar sólo. Yo ni corto ni perezoso le dije
que sí, pues lo encontraba interesante y no recordaba esa noche el renacuajo paseador.
Antes de salir de la ciudad, ya
que el mago vivía en las afueras, en una montaña de tierra fragante a sol y
bosque tropical, tal vez un hormiguero, hicimos una parada en una especie de
centro comercial que yo no conocía, para comprar vinagre y pastel pues no
queríamos llegar con las manos vacías. Claro que a mí apenas si se me había
ocurrido, no soy de ese tipo de reliquias socializantes, y aunque no llevaba
ningún dinero superpuesto, transbordamos todo porque el duendecillo tenía un
maletín mágico, o eso me pareció, que seguramente otro o el mismo mago le había
regalado, por ser duende me imagino.
Cuando llegamos todo estaba en
silencio y en oscuridad, pero una vez llamamos al portón de rejas que
custodiaba un pequeño jardín, se prendió una lucecita en el fondo y dibujó
instantáneamente la fachada de una hermosa casita gigante. Luego apareció un
ser mitad caballo mitad dragón, del tamaño de un perro grande y hacía algo
parecido a un rugido ladrado. Pensé que era el mago, luego mi cerebro se
sonrojó por la ingenuidad pues del fondo de la luz, salió el personaje más alto
que en la distancia se me haya aparecido. Debió ser la luz pues cuando nos
aproximamos apenas era más alto que yo, con arrugas en la frente y una sonrisa
que yo describiría brevemente, como la más cosmopolita que haya examinado en mi
vida hasta ahora.
Parecía feliz de vernos aunque
algo sorprendido. Nos invitó a sentirnos como en nuestra casa con la condición
de que nos descalzáramos, y luego nos invitó a comer y para tal fin se dispuso
la mesa, su cocina que no quedaba lejos, parecía una biblioteca de especias y
frascos de todos lo colores, una especioteca, pero no tocó ninguno de aquellos pomos,
sino que abriendo la despensa, ya estaban listas las ollas con comida recién
cocinada. El vino que nos sirvió era picante; dijo que era de un árbol de la
selva tropical, de un árbol, eso recuerdo. Yo me repetí dos veces, siempre he
sido de buen comer. Cuando estábamos relajados por el peso de la comida, el
mago puso música en su estéreo, era pulcrísima –es Liliana Montes -me dijo-, es
una mujer bellísima.
Mucho después comprobé que el
mago tenía razón, aunque en el momento sólo podía pensar que poseía buen gusto.
Mientras la música sonaba con el delicado entusiasmo del reconocimiento, el
mago y el duendecillo se pusieron a fumar. Los magos no fuman tabaco, fuman té,
un té que maceran previamente en vinagre y que luego ponen a secar. Desde luego
que probé, el humo me rodeaba, fue lo más dulce que había probado en mucho
tiempo, fuerte pero relajante y con sabor a miel de canela. Noté que hacía cada
vez más frío y aparte de nosotros y de la música, sólo eso parecía anunciar la
presencia del tiempo en esa noche cerrada de sonidos, como dormida en su propia
plenitud.
De pronto el mago trajo unos
sobretodos parecidos al suyo pero un poco más pequeños, supongo que para
conservar las proporciones de autoridad, eso fue lo que se me ocurrió. Ya no
tenía frío y cuando mi cuerpo recobró el calor entonces pude oír los rumores de
la noche y una especie de aleteo rápido en el aire, cuyo eco se desplazaba por
la lejanía del jardín, surcando las empinadas cuestas del pasto apenas
sacudidas levemente por el viento. Cuando observé bien, con los oídos quiero
decir, pude entender que el aleteo no era otra cosa que un lenguaje desconocido
que hablaban el mago y el duendecillo. El aleteo del mago parecía más fluido
pero sin duda estaban conversando.
Cuando notaron que yo me había
dado cuenta empezaron a traducirme y finalmente terminaron hablando en mi
lengua. Según me dijo el mago es difícil resistirse a la deliciosa fluidez de
aquél lenguaje -el lenguaje de los árboles –dijo-, el duendecillo asintió; que
en más de una ocasión había cometido el capricho siendo grosero con sus
invitados, que eran de todo tipo, procedencia y naturaleza. Justo en ese
momento sonó una campanilla, la música cesó, el perro-dragón ladró y rugió, y
por el jardín se vio aparecer una carroza blanca con una estela rosada, a
manera de niebla, que la circundaba.
Llevaba faroles redondos y se
detuvo delante de la casa del mago. –Clientes –dijo-, vinieron por una poción
de frío, no tengo horario, les pido que me disculpen, han venido sólo hasta
esta hora porque es la mayor temperatura que toleran y necesitan tener frío a
su alrededor, son del norte –y señaló hacia el cielo. Como la casa era al mismo
tiempo el taller, consideramos prudente salir un raro, no fueran a derretirse
por nuestra respiración, por si no lo saben los duendecillos respiran
calcinadamente. En ese momento el duendecillo se dirigió a la parte más
florecida del jardín y supuse que quería estar sólo con sus aromas, todavía
despiertos, o tal vez recién despiertos.
Yo por mi parte me ubiqué debajo
de una palma enorme y me puse a ver las estrellas, cielo despejado en incontables
estrellas. Desde allí podía ver al mago que hablaba aparentemente sólo, pues la
puerta de su casa se había convertido en un portón del tamaño de la sala misma.
Qué amplitud, pensé y entonces me pareció de lo más natural, ya que casi nunca
me detengo mucho a pensar, fue cuando comencé a oír la deliciosa música que
parecían respirar los árboles, eso, como si alguien les estuviera haciendo
cosquillas a la oscuridad, habladurías de firmamento.
Una música sobre la cual no se
puede guardar memoria. A decir verdad fue como si siempre hubiera estado ahí,
revolviéndose por una fuerza extraña hasta ese momento, diré persuasiva, que
conjugaba cada nervio de mi cuerpo y que lo instaba a balancearse con felicidad
y una especie de ritmo interesante. Pero en cuanto quise ponerme a danzar un
dolor terrible, vibrante y suspendido me detuvo. Sucedió que mientras estaba escuchando
esa bella música, el pasto debajo de mis pies había despertado; no tenía como
saber que era un pasto mágico, aún en las extrañas condiciones de mi estancia
en ese lugar, es decir, este pasto se comportaba como si hubiera estado
dormido; se mecía dulcemente al ritmo de la música.
Pero lo que me hacía daño era la
fina pelusa al borde que tienen la mayoría de los pastos, sean mágicos o no,
sólo que esta había crecido hasta alcanzar el tamaño de una pluma de águila. Mi
miedo se vio contrastado con rudeza por la magia de la música, que me instaba a
seguir bailando como si hubiera sido poseído por el espíritu de la alegría, ya
que estúpidamente seguí moviéndome muy despreocupadamente, mientras bajo mis
pies se iba formando una tibia apología al dolor, serpenteando tibiamente sobre
el pasto estremecido. Lo raro es que podía apreciar ambas cosas a la vez; el
placer de la música, el dolor de las pisadas sobre aquél prado de acero.
Así estuve un rato hasta que ya
no pude estar en pie, luego recuerdo que me desperté en la casa del mago, me
habían dejado sobre la alfombra de la sala con una almohada bajo mi cabeza. Una
manta blanca envolvía mis pies, pero pese a mi desazón anterior, que más
parecía un sueño en ese momento, no quise perturbar la comodidad horizontal en
la que estaba; es raro que a los humanos les ocurran esas cosas, dijo el mago
desde algún lugar, pero te repondrás. Mientras tanto yo todo lo que quería
recordar era la deliciosa música invadiendo mi cuerpo, y sí, también las
implacables espadas clorofílicas atravesando el alma de mis pies danzantes. Así
fue como conocí a Liliana Montes, después tuve el privilegio de topármela entre
amigos, por allá por el sur del país, donde por cierto también abundan los
duendes.
sábado, 5 de mayo de 2012
martes, 18 de octubre de 2011
La Carta de Los Cuatro
A todos los que me precedieron con un atisbo de literalidad en los labios, que ojalá no se revuelquen en sus tumbas ni tengan una memoria muy exacta de las antologías sepultadas en este presente
UN POCO DE ANTROPOLOGÍA CULTURAL
Sólo hay dos cosas que deben ser antiguas en la vida de una hombre: el vino que bebe y sus amigos
Lo.
Entre los muchos recuerdos que me han sobrevivido, imagino que podrá ser así para otros, hay uno que se apresura a zanjar la eterna controversia de los malentendidos eternos, uno que evoca la poderosa simplicidad de la ignorancia y el anhelo no nato de una superación desvencijada. Hay ocasiones en que las imperturbables herramientas de la temeridad responden con diligente fluidez a las expectativas de la adolescencia. A veces encontramos entre los deteriorados retazos de nuestra vida cosas que otros siempre quieren encontrar, que terminamos por querer encontrar nosotros mismos. Cosas de las cuales la ambigüedad del tiempo se encargó de hacernos depositarios anónimos, subalternos de la recopilación improvisada.
Los que más nos sorprenden y reclaman son aquellos realizados en comunidad, en compañía de los amigos; sobre todo si son héroes de nuestra infancia. A veces los vemos una mañana al pasar o verlos pasar y entonces a las glorias ya vistas se añade una nueva conquista, y simplemente gozamos con el hecho de verlos vivos. Una de esas cosas que me sorprendió mientras la encontraba, más por la premura con que me vi rodeado una tarde de recuerdos, al calor esplendoroso de un capuchino, en la que recordé otras tantas similares, venía acompañada de una cierta nostalgia.
De ello me di cuenta por la manera en que se expresó mi reacción ante la manufactura casi destrozada de un viejo comunicado escolar, una declaración de independencia y un riguroso y empecinado reflejo de autonomía existencialista y contestataria. Era la época de mil novecientos y tantos, una década faltaba para terminar el siglo; sin embargo ya los más osados historiadores lo daban por concluido. El siglo corto había empezado tarde, las revoluciones culturales habían impregnado los oficios expresivos de generaciones enteras. Por doquier se presentían los aparejos y contrapesos de una nueva escenografía, también se sentía el desaire de la decepción por el entusiasmo derrochado en los conflictos, los odios y la banalidad, y todo cubierto por National Geographic con la embaucadora, pornográfica y amarillista plausibilidad que hiciera célebre entre otros medios de comunicación.
El territorio en el que me crié estaba lleno de simbologías interesantes (Antanas Muckus se bajaba los pantalones y mostraba su pálido trasero en el León de Greiff al perplejo auditorio de la universidad Nacional) Aquellas simbologías se encadenaban formando procesiones interminables de un significado evidente pero invisible para los intereses de la autoridad. Las opiniones se dividían entre facciones que querían ejercer la no violencia razonada y quienes veían tales aspavientos de cordial coterraneidad como el gesto alocado de un ex Beatles borracho en un callejón del bajo fondo liverpoolense. Ese era el rasgo superficial de lo que más tarde conoceríamos eufemísticamente, desobedientes urbanidades distritales, como la Voluntad de Dominio, la sed de Poder, el azote y la miseria de las sociedades llamadas democráticas: El Estado. Recuerdo que nos impresionó mucho por esa época el contacto con los libros y con el pensamiento allí escudado; éramos librófilos número uno y creo que no hemos dejado de serlo a nuestro modo.
También debo recordar que algunos estábamos tratando de prepararnos para las Pruebas de Estado, incluso soñábamos con una universidad a la que ya de hecho asistíamos como si fuera de todos los días. En algunos países este tipo de pruebas se encuentran vinculadas a la forma misma de ver las cosas, anclada de maneras excepcionales a los compromisos sociales asumidos con más o menos filiación. Incluso hay lugares en donde se paraliza toda actividad para no perturbar el pensamiento de los evaluados; se crea por así decirlo un ambiente singular en el que los exponentes de todo el esfuerzo de una sociedad por legar sus aspectos y códigos, pueden sumergirse como en un solemne ensamble de la historia, en los misteriosos y sobrecogedores remansos de un acto nacional.
No es nuestro caso y quizás esté bien que sea así. Para nuestra cultura parece no pasar de ser una especie de lotería, de la que se sacan conclusiones en su mayoría vagamente reflexionadas. Poco reflexionadas son también las prácticas efectuadas con antelación a dichas pruebas. El acostumbrado atiborramiento de referentes bibliofóbicos, los talleres pre-instructivos, cierta rigidez displicente en la disciplina, la resabiada actitud materno paternalista de guías y profesores, etc. Supongo que resulta tan difícil de tolerar como si todo un escenario se paralizara y aguardara con expectante sincronicidad la culminación de tu desempeño.
Para nosotros, debo decirlo, fue un poco distinto y quizá sea eso lo que lo hace especial más allá de la singularidad anecdótica. Realmente hicimos que fuera diferente y resultó así con referencia tanto en lo que había sucedido como en lo que no sucedió después. Debo decir además que, entre otras cosas, por eso también seremos una generación que algunos recordarán de manera particular, incluso aunque no quieran recordarla.
Ya había pasado, si no me equivoco, el escándalo de una obra de teatro hecha con fruición nadaísta y un poco de óxido revolucionario. Ya prácticamente nos limitábamos a cuestionar los aspectos técnicos de lo que llamábamos el lamentable estado de nuestro sistema educativo. En nuestro entorno éramos unos simples buscapleitos y rebeldes sin causa, tal vez entre nosotros hubo alguno que nos concediera la facultad de la duda acerca de la posibilidad de que fuéramos unos genios. En fin, lo cierto es que encontrábamos suficientes razones para oponernos e imponernos a mecanismos, técnicas y procedimientos plantelares como los solían llamar.
En vísperas de aquel examen que decidiría nuestras posibilidades académicas y que podría obligar a hibernar la sed de conocimiento, algo nos sucedió que será digno de contar en otro momento; pero cuya excusa pasó a la historia de los recuerdos como una de las osadías mas graciosas que hayamos podido cometer. El sano juicio nos guió en nuestra carrera por huir de los convencionalismos. El manifiesto (más bien comunicado) creado para justificar nuestra determinación permite entender un poco en qué alucinado mundo de irrealidad y fantasía vivíamos por aquellas latitudes del entonces.
Si no lo reproduzco completo es debido al estado de deterioro en que encontré el documento escrito originalmente a lápiz, a la última revisión y corrección realizada antes de enviarlo a su destino y en la que con seguridad se cortaron a añadieron cosas, y a que quizá cada quien guardó lo que quiso aportar; si esto último no fue así, le ruego a mis compañeros perdonen tan impensable descuido. Notarán una relación discursiva bastante particularizada con los entusiasmos léxicos y suficientes intríngulis semánticos, también un poco de patética afectación, propia de adolescentes imberbes y no lo suficientemente trajinados en las artes del desfogue hormonal; pero aquella la recuerdo como una época en la que había demasiado donde experimentar, refugiarse en las densidades flotantes del significado, trasegar los climas nevados del símbolo y tentarse con los atisbos de una gloriosa proliferación de ignorancia creativa.
Santiago de Cali etc. (Debió ser hacia los años de 1996 o 1997. Algo así)
Distinguidos Coordinadora, Directora y Monitores:
Las condiciones actuales de educación que nos afligen acreditan un extraño manejo por parte de alumnos y educandos, lo cual hace indispensable una exigente condición de adaptabilidad dentro de las normas educativas; exigencia adaptativa para la cual no estamos preparados. Ello hace que la indisposición por parte de alumnos y profesores, sin descartar a la Directora (una monja de hábito almidonado y vocación esquiva) se incrementen, poniendo el ambiente pesado, y haya que buscar remediar de alguna manera con formas que contribuyan a constituir satisfactoriamente, soluciones inmediatas al configurado problema que pensamos se nos sale de las manos en estos momentos, en vista del inmenso potencial existente y de nuestra innata capacidad inaprovechada de encausarlo o conducirlo hacia algo productivo y sustancial, hacia un objetivo realmente estable y provechoso que lamentablemente no hemos conseguido.
En virtud de consideración de la probabilidad de hacer un uso racional y rudimentariamente calculado, hemos tomado la decisión de seleccionar con toda la sensatez que podemos recapitularizar, un tiempo prudencialmente prolongado en la compañía de nuestras propias personas, para emplearlo personalmente en la acelerada pero cuidadosa preparación que aún se puede conseguir y en el necesario pero equilibrado descanso que todavía tenemos a la mano; condiciones éstas exigentes que las pruebas de Estado ameritan. Por ello, deseamos avalarnos en nuestros consabidos derechos de autonomía, considerando claro, muy de cerca, el cuidarnos de no violar alguna norma institucional, pidiendo muy respetuosamente que se nos otorgue el permiso para emplear una semana del horario escolar en nuestro favor y beneficio, en la cual intentaremos realizar varias actividades intelectuales intensivas sobre literatura universal principalmente, los clásicos, la poesía latinoamericana y en general la francesa, la española, la moderna y la barroca; todo aunados claro, con una visión macra y contextualizada.
(Todo ese material era por cierto muy poco apreciado por aquel entonces entre los nudos de aquella trama latitudinal tan irrestricta y restringida y aunque suene exagerado, debo admitir que logramos la mayor parte de ese propósito excentríficado).
Primordialmente intentaremos efectuar muchas jornadas fuertes de ejercicios físicos; pues tenemos bien claro que resulta indispensable para el que quiere descansar su mente, el trabajar con sus manos y cuerpo (Esto era la decimonónica parte de un largo proverbio chino -después de mucho tiempo me enteré que casi todos los proverbios chinos son largos, casi todos forman extensas parentelas filosóficas con bellas tautologías interminables, alucinadas e idiotas-). Para todo esto nos hemos ubicado sobre las bases anteriores, puesto que es bien sabido que a otros grupos del último año, se les ha concedido dicho permiso; aunque claro, no desconocemos que tales liberalidades en el proceder, normalmente artrítico de las instituciones, se encuentre libre de ciertos compromisos, de tal magnitud de compensación en tiempo que, no obstante nuestra tendencia ya natural a la exploración empírica, no vemos atractivo ni importante desligarnos de los normales y esperados resultados (la cáustica gotita de ironía; la verdad fue que más de uno confió su espera en el lenitivo ligeramente anfetamínico de nuestro fracaso).
(En el original se añadía un comentario bastante desarticulado e indignadamente inconexo, el cual descontextualizado y comentado como se aprecia cita: ...esto último referente con especial atención al grupito de los cuatro indisciplinados del que hacemos parte todos cuatro efectivamente, agrandando la mancha contracultural que, no obstante parece obra de arte digna del estudio minucioso del espíritu de un Degas o un Da Vinci).
En vista de eso casualmente hemos estimado sesudamente el optar por este método inquietante, inquietantemente lleno de expectativas, expectativas inquietantemente excitantes y así, también descansar un poco de ese ambiente tan “agitado” y estresante. Porque uno va para todo lado sin saber qué hacer con exactitud, marginándose dentro de unas funciones incambiadas y monótonas. Así pues, para des-li-gar-nos un poco ascendentemente de ese medio lleno de tedio, acusado de un aire conmiserativo como el que se suele respirar con el nombre de ambiente escolar que, no lo negamos, hemos forjado nosotros mismos, lo hemos ayudado a conservar y perpetuar, y que por tanto también nos sentimos en la obligación de mejorar, impelidos desmigajadamente por la visión espantable de ese desánimo enfermizo que nos invade y frente al cual luchamos descomedidamente y en desuso de las actitudes propias de las supuestas buenas maneras.
Nuestra actitud, casi que arrogante para muchos y tomada por tal y otras cosas no menos estupendas en profundos contenidos de futilidad, pero también vanguardista para el resto, un pequeño resto por cierto, y que según muchos con cierta experiencia deberemos cambiar algún día, de acuerdo con sus apreciaciones proyectivas del mundo que vivieron; presenta, últimamente, conjurada desde los escenarios del reconocimiento prosaico y la rendición a la belleza de los más delicados saberes, como su más inacabada declaración de autonomía reflexiva, la siguiente propuesta:
(Hasta la fecha en que transescribo esto, a pesar de la muchedumbre de linderos sicológicos y señalizaciones culturales y una que otra tortura corporativa, y aunque a estas alturas ya estoy bastante enajenado, no me he visto en la más mínima obligación de hacerlo, no por orgullo, tal vez por negligente mediocridad, mas no he encontrado nunca huellas de alguna sádica satisfacción. Alá quiera que los demás hayan podido encontrar los designios de su propia naturaleza con los mismos desvaríos afortunados o mejores; más bien sí he tenido la satisfacción de contagiar a más personas con lo que ahora me gusta llamar “filosofía continua de la autocorrección irreverente“)
Una semana previa al examen, podría ser un poco más, dada la calidad y cantidad de temas por ver y desprender de sus anclajes teóricos a través de una plausible práctica, lo cual como todo en la vida toma tiempo, podrán disfrutar del placer de su propia compañía y descansar un poco de la nuestra que tanto parece abrumarles, tiempo en el cual estaremos concentrados en los homenajes lingüísticos ya mencionados antes y en una que otra rezumación personal de lo incorporado de esta manera a nuestros pensamientos. Nos comprometemos eso sí, y estamos seguros de ello, de llegar a nuestro regreso mucho más depurados, filósofos, rozagantes, libres y felices de haber descansado de tanto compromiso falso, que no sirve sino de relleno para el que hace muñecos de trapo; falso y tamizado de excentricidad y utopía.
Nos comprometemos a seguir paso a paso y a nuestra manera, conforme a nuestras capacidades y acorde a nuestro estilo [el no revelado] (y qué estilo), el cronograma y la línea de estudio. Nos comprometemos a adelantar trabajo y realizar investigaciones en vísperas de nuestra esperada ausencia (que ya muchos la esperaban, de hecho podría aventurar que todo el colegio estaba enterado de la osadía; pues debo admitir que por entonces nuestra fama abarcaba triángulos latitudinales tan vastos para unos chiquillos despistados y además enclavados en el mismísimo subdesarrollo del subdesarrollo), para que cuando la semana se cumpla no nos hallemos alcanzados, hayamos profundizado suficientemente y entremos solícitamente a la par con toda proesiánica normalidad.
Nos comprometemos también a regresar tan grandes, gordos y pesados como hipopótamos, después de este idealizado descanso, además de untados al igual que ellos de lodo y fango, de ricos conocimientos y bellas experiencias que se puedan compartir durante el resto del período, cosa que cuando nos recostemos a motivarlos tengan que correrse y salir untados de algo bueno. Nos comprometemos por último, a integrarnos más al grupo y a marchar contagiosamente, con entusiasmo y diligencia o al menos hacerlo creer con entusiasmo y diligencia, y a enfocar con mayor esfuerzo las reglas de nuestro estilo, más cristalino y evolucionado. De paso ustedes, a la larga también descansarán de nosotros y a la vez, tendrán la garantía de ver unos nuevos estudiantes con más grados de visión y muchos más claros objetivos (esta última parte sí no se ha cumplido del todo a cabalidad, al menos en mi propio pellejo).
Hemos decidido así, quitarnos las máscaras que nos agobian, descubrir las facetas ocultas y desmontarnos de toda esa lama testimonial de nuestro estaticismo derogado y desmontado; permitiendo de ese modo que nuestra llama irradie con toda su luminosidad; llevando a cabo el proceso de limpieza; tomando conciencias sanas sobre quienes somos; salvando los defectos, y así cambiar poco a poco, si es lo mejor, apoyados en otros seres, en nosotros mismos, en ustedes, en los que ya han muerto, en sus libros y formas de inmortalidad. Hágannos ese favor. En caso de no resultar así, solicitamos humildemente que se nos acepte este documento como constancia de nuestros buenos deseos y prenda de excusa válida para ser tomada en cuenta cuando se haga la evaluación que seguramente vendrá en torno a esto (no andábamos mal encaminados al respecto ni nos importaba un comino).Esto último también referente a nosotros cuatro.
Cordialmente:
…una semana del horario escolar en nuestro favor y beneficio…
(Los cuatro).
***
Un recuerdo es casi siempre un titubeo del pasado; pero este es más un sincero tributo a los amigos.
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miércoles, 6 de julio de 2011
El Fin
Fresca adaptación de un memorable cuento de Borges, en clave de filminuto. Con el sabor de las cosas que se hacen con la ayuda de los amigos.
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