La condición

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martes, 14 de abril de 2015

Vive la revolución


El señalamiento, modvs contemporanivs de sujeción manipulativa.






Algunas personas, un número robusto quizá, abrumadas con el pueril influjo de los devaneos incesantes, verían con "buenos ojos" que el mundo se simplificara un poco. Demasiados lenguajes parecen estar aglutinados en un diálogo de sordos, una orgía de voces y voluntades cautivas en una inmediatez atemporal. A veces se nos olvida que la premisa de ir más lejos de lo que nunca un ser humano ha ido implica el reconocimiento de lo desconocido a través de mecanismos susceptibles de encontrarse por fuera del estado del arte. Sin embargo hay que aceptar que se trata de un fenómeno intimidante para cualquier orgulloso representante del status quo, asimilar un montón de información que, a lo mejor [lo más seguro], desmiente o desvirtúa lo que alguien en esa posición, tal vez, se encuentra dispuesto a creer que conoce.

El conocimiento siempre ha sido nuestro talón de Aquiles, pues somos poseedores, como especie, o eso nos han dicho, de una curiosidad o de un aliento de curiosidad que persuade con su desvergonzada autopromoción, como si se tratara de una cualidad infinita que nos enlaza y nos desmigaja en los perennes acantilados de una soledad cósmica, cada vez más grande, ante la fosforescencia de los descubrimientos. Insospechadamente ignoramos que somos lo que desconocemos y no al contrario; nuestra identidad de exploradores ha quedado cautiva por las herramientas empleadas para satisfacerla. Ese auto-estímulo lo adoptamos quizá por el abuso indiscriminado al que nos acostumbramos someter a “nuestro mundo”, cautivo de nuestra presencia, por el momento, ya que al parecer hay buenas razones para inferir que el idilio no durará mucho, a lo sumo unas cuantas generaciones, antes de entender que la cosa funciona más bien al contrario, y todavía un poco más, sin que nuestras ideas sobre lo que es el mundo parezcan tener suficiente relevancia como para resistir el repliegue de una simplificación al estilo, digamos, de las matemáticas.

El conocimiento nos ha conducido a la interpretación de lo abstracto, inmensual empeño del inconsciente, el culto al conocimiento nos ha conducido a la magnificencia de lo abstracto, pero es la apariencia del conocimiento lo que desdibuja la configuración del pensamiento abstracto, lo que permite apreciar aquello que podría llamarse: El empoderamiento de la banalidad, es decir, de una minuciosa insignificancia. No quiero exponer que debamos apelar a los linderos de la trascendentalidad, puesto que actualmente ello se interpreta como una deformación del intelecto, como una indelicadeza propia de las rutinas de la ignorancia, como una inflación arrolladora de conceptos amañados y nociones autocomplacientes.

Pero sí podemos apelar a otros linderos, digamos linderos de sangre, y no me refiero a la masacre de décadas que tiñe el accionar de nuestras voluntades, sino al inescrupuloso continente interno de significado y lenguaje que nos define y determina, que marca nuestros rumbos la mayoría de las veces, que dicta las iniciativas más impredecibles, y es allí, en esos tópicos tan espinudos donde quiero internarme con el propósito de especular una impronta de opinión, un germen de ideas universales, que mi buen amigo Efraín Ávila Díaz me confió hace unas lunas y en cuyo acopio imagino que habrá invertido al menos un par de décadas, como casi todo lo que llevamos a la dimensión de la palabra, después de haber atravesado las interminables selvas contemporáneas de información, sin otro equipo de supervivencia que una filosa autodidactia, y que quizá se ponga un poco azul en presencia de los impositores de razonamientos aficionados y los especuladores de la escueta mediocridad. Empecemos pues.

* * *

Convivimos en una contemporaneidad algo alocada que precisa cierto nivel de afinación en el uso de los términos, además de un mínimo de voluntad para restaurar los significados que la mediocridad ha ido secuestrando (mancillemos el frío amparo de la espontaneidad, ¿qué más se puede hacer?), con golosa fruición, para reforzar los criterios aficionados a través de los cuales se impone (¿o se precipita?), el tristemente célebre concepto de un amaestramiento obtuso, irritable forrajería; una alucinada era pues, esta, de maravillas desechables y erudición aparente por doquiera que se vaya. Precisamente es así porque la tendencia ha sido la contraria, la instauración de un nuevo orden, desde el repunte kπtalista de la revolución industrial, que sirvió de escudo a un desarrollo humano, responsable de todo tipo de discordancias y malentendidos (mientras se da el tipo de impulso que esta pauta de progreso demanda en sus etapas iniciales tanto como ahora), de esos que por el camino de lo absurdo, van resolviéndose a la mansalva. Hay que hacer precisión, pues, no sea que se desnuque la poca cordura que queda.

Cuantas veces hayamos estado en algún al borde del abismo, mediáticamente hablando, se cultivan o coleccionan grandes contradicciones consecuentes con el fenómeno, es decir, nos preexiste una contienda entre el intervenir por la especie y el aguzar los sentidos con la impasibilidad contemplativa de un cazador experimentado. Una amplia cobertura compite con un terrible desvío de índice psicogenético, algunos lo denominan plasticidad de los términos, cuando menos una imperdonable exageración, o transferencia o tendencia a la exageración; la de hacer con el lenguaje juegos dóciles de ambivalencia significativa, lo que resulta no pocas veces una tentadora ventaja, pero como dicen, todo vicio es una forma de abuso. Tal vez haya que adentrarse en un terreno movedizo, constituido por el incesante caos de las etiquetas socioculturales, históricamente definidas en el llamado mundo de los imaginarios, que muy frecuentemente se encuentran desbordados y demás, de giros y aproximaciones prejuiciadas, que se articulan y dinamizan en una polémica retroalimentada de sí misma. Otro excedente imaginario en todo caso.

“Las cualidades buenas y malas son en el fondo las mismas, se basan en los mismos instintos de autoconservación, egoísmo, deseo de propagación, etc.” Nietzsche (el primero)
 

Es posible que desatinemos al elegir, casi rabiosamente, como materia prima para la exploración de nuestra precaria humanidad, el enfoque social, político o económico; es la ciencia, el arte, la reflexión, lo que escudará el derecho a existir, dado por sentado en la actualidad, pero manifiestamente ausente de las prioridades y urgencias que ofrecen los sistemas que pretenden administrar e impulsar al anhelo de reconocimiento, el cual suele usarse para caracterizarnos como si lo que realmente importa y que debería no importar, efectivamente ya no importara y hubiéramos superado la insipidez del, digamos, fachadismo. La ironía de la humanidad es el humano mismo. El ser humano se extiende más allá de una responsabilidad existencial; alcanza a la supervivencia de un hábito que podría mal llamarse de cultivo de la conciencia, lo cual trasciende o debería trascender el auto reconocimiento, al menos en ello se asemeja buena parte de la inquieta o revoltosa presencia que de alguna manera representamos. Al parecer y a juicio de valor, nos gusta participar de materias que se nos antojan trascendentes, y de vez en cuando damos realmente con alguna que se ajusta bastante bien a dicha ambición, lo que depende muchas veces de los grados de convencimiento más que de nuestras formidables capacidades de detección.

Sobre el arte cada quien tiene su opinión y, a juzgar por algunos argumentos esbozados a lo largo de la historia, sería contraproducente para el mismo arte que se impusiera alguna, pues el arte, sea lo que sea, no parece poder predecirse y es además un experimento sugestivo y sugerente de evolución frenética, por lo que no se evidencian reglas precisas y se involucran, además de los pensamientos, los sentimientos y, quién sabe si de verdad hasta los apetitos que ignoramos. ¿Puede el deseo cambiar lo que somos? ¿Incluso si es para empeorar? ¿No resulta un contrasentido de arbitrio más bien adolescente? A lo mejor es que somos adolescentes, nuestro uso de la tecnología parece probarlo e incluso decir que, en el fondo, somos unas criaturas más bien malcriadas. Puede tratarse de una falla de origen, pues, de manera singular, también solemos omitir o encubrir los hallazgos que manan deslegitimados intereses anónimos, y como especie solemos destruir con facilidad lo que no nos resulta representativo o que parece ajeno por alguna razón, y como en la coyuntura que nos encierra la otredad representa más bien una amenaza... Habría que preguntarse qué tipo de origen, desde luego, pero por la vía del arte.

¡Como si pudiera existir algo en el mundo de naturaleza ajena!, y ello resultara nocivo por alguna razón huidiza de definir y siempre al acecho (la abstracción del mal, desmemoriado e insidioso, lo que se supone dificulta sus atributos mercenarios). Entramos en los dominios de la reciprocidad de la sospecha, con probada versatilidad de apariencia arteriosclerótica. Las enflaquecidas afecciones de la voluntad con epicentro en las universidades como los esqueletos de reumatismo, finalmente se toman el mundo. Bajo todo este excremento subyace algo bueno, bajo nuestro entendimiento del contradictorio fenómeno del equilibrio, quizá mejor asimilado entre los meditadores, según susurra un antiguo dicho persa, de una época cuando las mujeres detentaban el empleo ingenioso de la palabra y los relatos se engalanaban con perfumes texturas y miradas fijas tras velos sensuales, que lo dejaban todo a la imaginación, raigambres que ahora se encuentran comprometidas en los designios del comercio de influencias y que poco tienen que ver con el umbral desde el que furtivamos nuestra historia.

“Todo está relacionado con todo lo demás y todas las cosas van a parar a algún sitio” Epicuro
 

Demasiados puestos de responsabilidad social, política, económica, y no pocas distinciones administrativas, tal vez consecuencia de la necesidad de incrementar la eficiencia, están en manos de una pseudominoría mediocre [la empeñada en la imposición de criterios aficionados], mientras que el elemento explosivo (en sentido de potencia, de capacidad) menos susceptible de ser retenido por la parálisis de la tradición, es decir, la juventud, hábil, capaz, impetuosa, actualizada, queda más bien relegada a un último término, simplificada en una forma nueva de manipulación mediática, una desesperada urgencia de contenidos, una auto-motivada colección de interferencia warholiana si se quiere, y más que colección, una acumulación. Generaciones de expropiados y maldicientes, se entiende bien por qué si se apela a los recursos de la investigación, y una tras otra ignominia, previamente registradas ante notario, establecen nuestros derroteros de infortunio, bofetadas de una realidad inicua que se expresa en forma de autócrata voluntad.

Gran parte de la erosión de los significados en nuestro tiempo parece constituir una respuesta al hecho de que nos dedicamos a teorizar sobre la experiencia compartida, y lo hacemos en mayor medida como es dado considerarlo en los inicios de una era abrumadoramente tecnológica, donde la principal característica de identidad es la inmediatez, es decir, virtualmente entretejida en la nervuda ubicuidad de las tendencias. Nos agrada que los descubrimientos planteen enigmas, por las razones que sean; parece ser un deleite biológico desarrollado en el cerebro de algunas especies, así que al parecer sabemos qué esperar en ese sentido, al menos en lo que nos concierna o pensemos que nos concierne. Asimismo nos encanta socializar, al menos a una parte del espacio y el tiempo compartido da cuenta de ello, aunque también conspirar o creer que se conspira, lo mismo da, no es más que raso entretenimiento. Es como si a ratos los dinosaurios, o los inquisidores, dejaran de existir, sólo para conjurar un retorno espectacular que garantice el parasítico peristaltismo de los flujos de mercado.

Al fin y al cabo hay que darle un sentido al mundo, aunque dicho sentido sólo ofrezca un rumbo inverso al práctico planteamiento dinámico de un reconocimiento, basado este en nociones comprobables más que en conceptos afianzados. Matizar el dialecto al servicio de las evidencias, no es lo mismo [aunque este ejemplo sea tal vez demasiado evidente] que configurar las evidencias al servicio del dialecto. Lenguaje y conocimiento se redefinen mutuamente, pero el núcleo de los recursos que lo permite, sin embargo, parece ser un enigma que palpita bajo el enmarañado manto de la palabra arte. Para aproximar este posible disparate puede ser necesario avecinarse un poco a la opinión, más o menos divulgada, de que las nociones de identidad pueden estar vinculadas, exhaustivamente, a la simbiosis del poder, y viceversa. En términos generales sería difícil aproximarse mucho más. ¿En qué concepto tenemos al ser humano?, por ejemplo, ¿quizás está sobrevalorado?, ¿quizás es lo contrario? Es posible que el sentirse protagonista de algo sea tan inevitable como el querer sentirse protagonista de algo. Generar sentido de pertenencia por aquello que ocupa un sitio importante en algún lugar determinado.

Eludir lo ordinario no es sinónimo de eludir lo típico o lo cotidiano, de igual forma que el fenómeno de la revolución no es sinónimo de rebelión, a menos que se haya impuesto la censura sobre la necesidad y el derecho de expresarse y sobre las condiciones manifiestas de su construcción, es decir, contenidos, destinatarios y fuentes. Pero, en principio, ¿por qué se impone un criterio de censura? Desde luego no otra cosa que por el deseo de sujetar el poder y mantener las riendas de la ilusión de autoridad que provee el autoritarismo, administrado bajo criterios de excelente apariencia, que regulan en código burocrático la imposición de un bien común, apenas definible, aludido mediante el uso desbocado de clichés y otras bagatelas dialécticas de retórica trillada y desvergonzadamente auto promocional. Así, de la meticulosidad atemporal con que se alimenta una contemporaneidad incoherente podemos colegir, sin mucha dificultad y sin forzar excedentes, un par de imágenes:

Sólo cuando el ser humano sea capaz de crear vida se podrá considerar la posibilidad de que el mundo, tal como lo conocemos en sus dimensiones de sentido (búsqueda o pérdida del mismo), una aglomeración casi amorfa de absurdidad, se encuentre en posición para ser definido en sus justas proporciones [descartar en pseudosímil si no lleva a nada]. Al contemplar lo que se requiere para crear vida [y dado un supuesto de índole análoga podemos arriesgar], ¿accederemos inadvertidamente al crítico panorama de la destrucción, contemplaremos nuestra posición como gestores de muerte?, tal como ocurre aunque en sentido inverso. Algunos afirman que entre más vastos sean los territorios dominados por el fluir de una realidad cuya materia prima base es la fluctuación superflua, con su adjunta y muy bien merecida necesidad de justicia -impulsada quizás a partir del incremento de las dinámicas de impresión y exposición- más fuerte será la percepción de una carencia de escrupulosidad social, en general estipulada por defecto, que desata una especie de magnetismo semiautomático de la sociabilidad, que impele a ejecutar, promover y atropellarse con la mayor cantidad de acciones execrables.

Por otro lado puede haber ya muy pocas personas que estén dispuestas a suponer que, para vislumbrar muchos de los aspectos de lo imaginado, se precisa una buena arqueología del lenguaje. Algunas porciones del conocimiento también se encuentran en vías de extinción, no siguen el curso natural que deriva la socialización, sino que quedan arrinconadas por la estampida de los medios informativos ante la menor insignificancia noticiable que, gracias a la inmediatez, puede dar la vuelta al mundo en ochenta comentarios. Existe una obscuridad gramática para asociar a los llamados sentimientos, el Psicoanálisis parece dar cuenta de ella, pero también la Filosofía; sin embargo basta contemplar la etimología subyacente en las comisuras de los paradigmas vinculados para confundirse. En el pasado, al igual que no se hacía diferenciación entre lo que en la actualidad conocemos como poesía y narrativa, tampoco se desprendía lo que se pensaba de lo que se sentía. Si se siente el mal, retaba la premisa, haciendo referencia a las fórmulas del dolor, la axiomática molestia, el menoscabo del sufrimiento o la enfermedad, el pensamiento empieza a derivar en un devenir de continuidades distorsionadas, o lo que es igual, una falsa continuidad.

Se percibe la función consecuente del pensamiento como un consecutivo del estado de ánimo. Si se siente el bien, entonces hay menos obstáculos que entorpezcan el progreso de un pensamiento. Hay al menos una discrepancia pero el sentido es simple, al fin y al cabo, existe la empatía o capacidad de imaginarse en el “lugar” de la otredad, que puede ser otra persona. ¿Qué evita que se quiera sacar ventaja de esa habilidad, o qué hace que el sacar ventaja de una habilidad no sea nocivo para alguien más? ¿Se trata de una ética demasiado lejana? ¿Es impensable? ¿Acaso es realmente insuperable la opción de implementar estrategias de supervivencia que generan sus propios peligros y conllevan sus propias amenazas, sin que se haga mucho por des-encausar su desenvolvimiento? Magnetismo genético de factura inmediata. Una persona, una promesa, diría Gandhi. Pero lo cierto es que las nociones de identidad sí pueden verse demasiado vinculadas [diríase comprometidas] con la simbiosis del poder. ¿Debemos sentirnos condicionados por una percepción, tal vez exagerada, del papel que podríamos estar representando?, ¿es posible que no seamos más que una representación condicionada? Fascinantes preguntas cuyas respuestas esquivamos o nos sentimos capaces de desdeñar cuando lo conjeturamos necesario, sin tener que escarbar demasiado en la imaginación.

Interrogaciones es lo que sobra, también interrogatorios. Tal vez urge renovar la burocracia de la cultura. La sola expresión de tamaño atrevimiento precisa de estructuras comunicativas mucho más complejas de lo que quisiéramos admitir. ¿Si la identidad se extravía, el sentido de justicia queda a la deriva? ¿Es eso lo que nos pasa? ¿Hemos sido víctimas, oleada tras oleada, de lo que no podemos definir entre punzantes aullidos de desconcierto, más que como impactos catastróficos de origen desconocido, de mecanismos existenciales quizá peligrosamente ajenos a la realidad, quizá inapelables? Vaya uno a saber. ¿Cuáles son, por ejemplo, los elementos de una nacionalidad legítima? ¿Cada aspecto constituyente de una pluralidad en potencia? Seguramente no. Muchas veces son fronteras de esquema excluyente las que terminan empleándose para marginar un determinado reducto de pseudoidentidad, promocionada muchas veces bajo la disimulada figura de un cívico chantaje o un compensatorio y muy bien visto soborno burocrático.

Destinarse a indagar los complejos problemas sociales que constituyen el laberinto de un determinado subdesarrollo, cualquier país por moderno o posmoderno que fuera los tiene y sus gobiernos quizás los administren juiciosamente, sería uno de los primeros compromisos a patrocinar o considerar. El entendimiento por encima del oficio, el trabajo por encima de la profesión. En vez de conciencia jurídica, conciencia comportamental. Desgobierno en un sentido de autogobierno, al fin y al cabo, nos debemos al tiempo en que vivimos, por ello hay que conocerlo, reconocerlo... Pero, ¿ha quedado algo sin traicionar, de lo cual se pueda hacer un símbolo?, ¿o hemos importado tanto refinamiento y simpatía que ya no queda nada auténtico, ni el aislante del que podríamos disponer para conservar un poco de dignidad? Muchas veces el futuro que se puede cambiar es el distante no el inmediato. Y una de las primeras temáticas que habría que inspeccionar, tal vez sea el refinamiento de nuestras ideas u opiniones sobre lo que se distingue como democracia, la complexión de la identidad representativa que debería estar proyectada desde de la Universidad, bastión idóneo para renovar su contenido social fundacional, al fin y al cabo de allí nace el arquetipo, es decir que deberían estar intrínsecamente vinculadas todavía.

“Ciudad, ese lugar, nefasto quizás, donde día a día sube el nivel de las paredes para esconder el cielo a las multitudes enfermas”
Germán Arciniegas
 

Un cambio de paradigma implica un esfuerzo social inverso, lo que de por sí lo hace arduo de manejar o querer incluso aceptar; un esfuerzo inmensual, coordinado y multitudinario como ese implica disciplina. Y la alternativa típicamente elegida suele ser la represión, origen de todos los levantamientos, incluso de los revolucionarios, que suelen de cuando en cuando pretender un tipo de gobierno que pueda expresarse a través de proporciones e ideas democráticas profundas y no sólo ingeniosas, guiadas por un sentido realista de la interpretación de la justicia, es decir un gobierno capaz, y ello sólo se consigue si se aplican los dispositivos empleados en el fenómeno del conocimiento, para verificar con legitimidad procedimental los núcleos y vertientes de cada problemática, pero la academia desde donde se realice tiene que emanciparse, una vez más, debe hallarse dispuesta una vez más, a destruir los conceptos calcados, anquilosados y erráticos que se han camuflado de manera radical, muchas veces, como elementos importantes.

Ya dadas las condiciones para converger, al menos en teoría, de manera virtual, la nueva historia debe ser un [o lograrse o formarse con o proyectarse como] democrático registro de hechos y laboratorio itinerante de carácter cultural. Pero si ni siquiera sabemos lo que somos hacemos nada pensando en términos de desarrollo, pues se termina descollando siempre objetivos ajenos. No es secreto que aún estamos muy lejos de lo autóctono pero estaremos todavía más lejos, tal vez irremisiblemente lejos, si seguimos abrazándonos a lo que estamos acostumbrados, a lo que nos han acostumbrado los traidores, voluntarios o no, [de o a] nuestra desconocida grandeza continental, pues la historia está anclada y enterrada, posiblemente abatida junto a las fosas comunes, en el territorio más desconocido de América, como ya lo han expresado reconocidos expertos: la América misma, acaparada con el deleite sanguinario de los mal llamados americanos. ¿Habrá que adoptar una identidad rampante con la que no queremos sentirnos identificados o más bien tendremos que adoctrinarla?

No siempre hay que partir de las angustias cotidianas y abolir las preocupaciones, pero quizá esta vez sí, pues al parecer son obstáculos sólo necesarios para administrar a conveniencia la ignorancia [Desde luego las angustias cotidianas de base, no las de los privilegiados]. También se deben abolir los prejuicios y el interés y volcar el individualismo en una dimensión colectiva de la cooperación en la que el individuo sea un protagonista rizomático... El laboratorio del dinero empieza a apestar, ¿por qué se lo sostiene?, ¿tanto nos gusta regodearnos en la crapulencia de las variopintas expresiones góticas del poder elevado a la potencia de se hace lo que se me pegue la gran puta regalada gana?, es posible, pero también que se precisa un nuevo laboratorio, basado en el mercado de conocimiento, justo en esta era digitalizada y electrificada, ahí mal que bien. Es más que oportuno para los agentes mediadores del conocimiento, que anden por ahí, enseñando a hacer cosas útiles, que permitan el desarrollo de los habitáculos para los diversos estilos de vida que pululan en disputa en este horroroso reality, llamado a veces pre-posmodernidad.

Hay otra dificultad, la mística nacional o patriótica suele utilizarse como un brebaje eficiente para la aplicación de determinados entendimientos exentos de reflexión, si bien franqueados como si de principios científicos se tratara, así que también es una tarea peligrosa. La ecuación es simple: cuando la ficción, que surge como una respuesta a la injusticia, se inmiscuye en la realidad como elemento de cohesión [atravesando quizá un sendero coercitivo, pero no vamos a conspirar], se crean espejismos de inmortalidad, y ello podría fermentar consecuencias insospechadas para una especie, ya pre-posmoderna, cuya mentalidad se encuentra general u ordinariamente habituada a las representaciones inciertas, y por allí, a una tendencia social comunicativa habituada a terciar pintorescas relaciones [no me refiero a Alá] con alguna extraña deidad. Pero la resistencia de los intelectuales debe andar avanzando por allá por los albores del nuevo orden mundial, si es que se lo creen, y ya se aprestan los artistas a dejar una huella, ¿de sentido?, que si resulta imborrable no sea un eufemismo por la sangre derramada en un suelo infundado de falsa gloria.

¿Creamos un mundo disfuncional porque no sabemos cómo dar término al conjuro echado a andar o no sabemos cómo detener algo que quizá ya nos arrastra con su influjo maligno?, ¿o somos seres disfuncionales y como resultado el mundo no podrá ser otra cosa más que el desdibujado, o deformado, o desfigurado reflejo sin lustre de lo que somos, y nuestra única solución es esperar a que se dilate por sí misma, a que ceda y se desvanezca, a que deje de tener relevancia existencial? ¿Cuál es el sentido de justicia que se impone o el parangón moral que nos impulsa a adoptar una visión de la justicia en la que todos pierden o tienen algo que perder, y a través de la cual se afianza un estado de malestar en el que cualquier gesto puede ser interpretado como un acto heroico, si sirve para justificar algún motivo de celebración? Ya se ha especulado que la justicia se afinca en un deseo de satisfacción tanto como en una idea de saneamiento, y ambos propósitos se vinculan y articulan en un burocrático aparataje institucionalizado de lo que podríamos llamar la dimensión profesional de la revancha, que por lo general se encuentra rigurosamente financiado.

Finalmente, sea cual sea el derrotero, conviene tener en cuenta que los malos diseños, o los diseños mediocres, o bien importados bajo la infundada convicción de se podrán adaptar a nuestras insuficiencias organizacionales, siempre exigirán reparación, y cuando se repara un mal diseño se olvida o se tiende a olvidar que se puede diseñar bien; corregir malos diseños abruma o dilata el conocimiento de diseñar bien, arruina incluso la posible meticulosidad atemporal del absurdo contemporáneo que nos define.
* * *
 

martes, 18 de octubre de 2011

La Carta de Los Cuatro

A todos los que me precedieron con un atisbo de literalidad en los labios, que ojalá no se revuelquen en sus tumbas ni tengan una memoria muy exacta de las antologías sepultadas en este presente

UN POCO DE ANTROPOLOGÍA CULTURAL

Sólo hay dos cosas que deben ser antiguas en la vida de una hombre: el vino que bebe y sus amigos
Lo.

Entre los muchos recuerdos que me han sobrevivido, imagino que podrá ser así para otros, hay uno que se apresura a zanjar la eterna controversia de los malentendidos eternos, uno que evoca la poderosa simplicidad de la ignorancia y el anhelo no nato de una superación desvencijada. Hay ocasiones en que las imperturbables herramientas de la temeridad responden con diligente fluidez a las expectativas de la adolescencia. A veces encontramos entre los deteriorados retazos de nuestra vida cosas que otros siempre quieren encontrar, que terminamos por querer encontrar nosotros mismos. Cosas de las cuales la ambigüedad del tiempo se encargó de hacernos depositarios anónimos, subalternos de la recopilación improvisada.

Los que más nos sorprenden y reclaman son aquellos realizados en comunidad, en compañía de los amigos; sobre todo si son héroes de nuestra infancia. A veces los vemos una mañana al pasar o verlos pasar y entonces a las glorias ya vistas se añade una nueva conquista, y simplemente gozamos con el hecho de verlos vivos. Una de esas cosas que me sorprendió mientras la encontraba, más por la premura con que me vi rodeado una tarde de recuerdos, al calor esplendoroso de un capuchino, en la que recordé otras tantas similares, venía acompañada de una cierta nostalgia.

De ello me di cuenta por la manera en que se expresó mi reacción ante la manufactura casi destrozada de un viejo comunicado escolar, una declaración de independencia y un riguroso y empecinado reflejo de autonomía existencialista y contestataria. Era la época de mil novecientos y tantos, una década faltaba para terminar el siglo; sin embargo ya los más osados historiadores lo daban por concluido. El siglo corto había empezado tarde, las revoluciones culturales habían impregnado los oficios expresivos de generaciones enteras. Por doquier se presentían los aparejos y contrapesos de una nueva escenografía, también se sentía el desaire de la decepción por el entusiasmo derrochado en los conflictos, los odios y la banalidad, y todo cubierto por National Geographic con la embaucadora, pornográfica y amarillista plausibilidad que hiciera célebre entre otros medios de comunicación.

El territorio en el que me crié estaba lleno de simbologías interesantes (Antanas Muckus se bajaba los pantalones y mostraba su pálido trasero en el León de Greiff al perplejo auditorio de la universidad Nacional) Aquellas simbologías se encadenaban formando procesiones interminables de un significado evidente pero invisible para los intereses de la autoridad. Las opiniones se dividían entre facciones que querían ejercer la no violencia razonada y quienes veían tales aspavientos de cordial coterraneidad como el gesto alocado de un ex Beatles borracho en un callejón del bajo fondo liverpoolense. Ese era el rasgo superficial de lo que más tarde conoceríamos eufemísticamente, desobedientes urbanidades distritales, como la Voluntad de Dominio, la sed de Poder, el azote y la miseria de las sociedades llamadas democráticas: El Estado. Recuerdo que nos impresionó mucho por esa época el contacto con los libros y con el pensamiento allí escudado; éramos librófilos número uno y creo que no hemos dejado de serlo a nuestro modo.

También debo recordar que algunos estábamos tratando de prepararnos para las Pruebas de Estado, incluso soñábamos con una universidad a la que ya de hecho asistíamos como si fuera de todos los días. En algunos países este tipo de pruebas se encuentran vinculadas a la forma misma de ver las cosas, anclada de maneras excepcionales a los compromisos sociales asumidos con más o menos filiación. Incluso hay lugares en donde se paraliza toda actividad para no perturbar el pensamiento de los evaluados; se crea por así decirlo un ambiente singular en el que los exponentes de todo el esfuerzo de una sociedad por legar sus aspectos y códigos, pueden sumergirse como en un solemne ensamble de la historia, en los misteriosos y sobrecogedores remansos de un acto nacional.

No es nuestro caso y quizás esté bien que sea así. Para nuestra cultura parece no pasar de ser una especie de lotería, de la que se sacan conclusiones en su mayoría vagamente reflexionadas. Poco reflexionadas son también las prácticas efectuadas con antelación a dichas pruebas. El acostumbrado atiborramiento de referentes bibliofóbicos, los talleres pre-instructivos, cierta rigidez displicente en la disciplina, la resabiada actitud materno paternalista de guías y profesores, etc. Supongo que resulta tan difícil de tolerar como si todo un escenario se paralizara y aguardara con expectante sincronicidad la culminación de tu desempeño.


Para nosotros, debo decirlo, fue un poco distinto y quizá sea eso lo que lo hace especial más allá de la singularidad anecdótica. Realmente hicimos que fuera diferente y resultó así con referencia tanto en lo que había sucedido como en lo que no sucedió después. Debo decir además que, entre otras cosas, por eso también seremos una generación que algunos recordarán de manera particular, incluso aunque no quieran recordarla.

Ya había pasado, si no me equivoco, el escándalo de una obra de teatro hecha con fruición nadaísta y un poco de óxido revolucionario. Ya prácticamente nos limitábamos a cuestionar los aspectos técnicos de lo que llamábamos el lamentable estado de nuestro sistema educativo. En nuestro entorno éramos unos simples buscapleitos y rebeldes sin causa, tal vez entre nosotros hubo alguno que nos concediera la facultad de la duda acerca de la posibilidad de que fuéramos unos genios. En fin, lo cierto es que encontrábamos suficientes razones para oponernos e imponernos a mecanismos, técnicas y procedimientos plantelares como los solían llamar.

En vísperas de aquel examen que decidiría nuestras posibilidades académicas y que podría obligar a hibernar la sed de conocimiento, algo nos sucedió que será digno de contar en otro momento; pero cuya excusa pasó a la historia de los recuerdos como una de las osadías mas graciosas que hayamos podido cometer. El sano juicio nos guió en nuestra carrera por huir de los convencionalismos. El manifiesto (más bien comunicado) creado para justificar nuestra determinación permite entender un poco en qué alucinado mundo de irrealidad y fantasía vivíamos por aquellas latitudes del entonces.

Si no lo reproduzco completo es debido al estado de deterioro en que encontré el documento escrito originalmente a lápiz, a la última revisión y corrección realizada antes de enviarlo a su destino y en la que con seguridad se cortaron a añadieron cosas, y a que quizá cada quien guardó lo que quiso aportar; si esto último no fue así, le ruego a mis compañeros perdonen tan impensable descuido. Notarán una relación discursiva bastante particularizada con los entusiasmos léxicos y suficientes intríngulis semánticos, también un poco de patética afectación, propia de adolescentes imberbes y no lo suficientemente trajinados en las artes del desfogue hormonal; pero aquella la recuerdo como una época en la que había demasiado donde experimentar, refugiarse en las densidades flotantes del significado, trasegar los climas nevados del símbolo y tentarse con los atisbos de una gloriosa proliferación de ignorancia creativa.



Santiago de Cali etc. (Debió ser hacia los años de 1996 o 1997. Algo así)



Distinguidos Coordinadora, Directora y Monitores:

Las condiciones actuales de educación que nos afligen acreditan un extraño manejo por parte de alumnos y educandos, lo cual hace indispensable una exigente condición de adaptabilidad dentro de las normas educativas; exigencia adaptativa para la cual no estamos preparados. Ello hace que la indisposición por parte de alumnos y profesores, sin descartar a la Directora (una monja de hábito almidonado y vocación esquiva) se incrementen, poniendo el ambiente pesado, y haya que buscar remediar de alguna manera con formas que contribuyan a constituir satisfactoriamente, soluciones inmediatas al configurado problema que pensamos se nos sale de las manos en estos momentos, en vista del inmenso potencial existente y de nuestra innata capacidad inaprovechada de encausarlo o conducirlo hacia algo productivo y sustancial, hacia un objetivo realmente estable y provechoso que lamentablemente no hemos conseguido.

En virtud de consideración de la probabilidad de hacer un uso racional y rudimentariamente calculado, hemos tomado la decisión de seleccionar con toda la sensatez que podemos recapitularizar, un tiempo prudencialmente prolongado en la compañía de nuestras propias personas, para emplearlo personalmente en la acelerada pero cuidadosa preparación que aún se puede conseguir y en el necesario pero equilibrado descanso que todavía tenemos a la mano; condiciones éstas exigentes que las pruebas de Estado ameritan. Por ello, deseamos avalarnos en nuestros consabidos derechos de autonomía, considerando claro, muy de cerca, el cuidarnos de no violar alguna norma institucional, pidiendo muy respetuosamente que se nos otorgue el permiso para emplear una semana del horario escolar en nuestro favor y beneficio, en la cual intentaremos realizar varias actividades intelectuales intensivas sobre literatura universal principalmente, los clásicos, la poesía latinoamericana y en general la francesa, la española, la moderna y la barroca; todo aunados claro, con una visión macra y contextualizada.


(Todo ese material era por cierto muy poco apreciado por aquel entonces entre los nudos de aquella trama latitudinal tan irrestricta y restringida y aunque suene exagerado, debo admitir que logramos la mayor parte de ese propósito excentríficado).

Primordialmente intentaremos efectuar muchas jornadas fuertes de ejercicios físicos; pues tenemos bien claro que resulta indispensable para el que quiere descansar su mente, el trabajar con sus manos y cuerpo (Esto era la decimonónica parte de un largo proverbio chino -después de mucho tiempo me enteré que casi todos los proverbios chinos son largos, casi todos forman extensas parentelas filosóficas con bellas tautologías interminables, alucinadas e idiotas-). Para todo esto nos hemos ubicado sobre las bases anteriores, puesto que es bien sabido que a otros grupos del último año, se les ha concedido dicho permiso; aunque claro, no desconocemos que tales liberalidades en el proceder, normalmente artrítico de las instituciones, se encuentre libre de ciertos compromisos, de tal magnitud de compensación en tiempo que, no obstante nuestra tendencia ya natural a la exploración empírica, no vemos atractivo ni importante desligarnos de los normales y esperados resultados (la cáustica gotita de ironía; la verdad fue que más de uno confió su espera en el lenitivo ligeramente anfetamínico de nuestro fracaso).

(En el original se añadía un comentario bastante desarticulado e indignadamente inconexo, el cual descontextualizado y comentado como se aprecia cita: ...esto último referente con especial atención al grupito de los cuatro indisciplinados del que hacemos parte todos cuatro efectivamente, agrandando la mancha contracultural que, no obstante parece obra de arte digna del estudio minucioso del espíritu de un Degas o un Da Vinci).

En vista de eso casualmente hemos estimado sesudamente el optar por este método inquietante, inquietantemente lleno de expectativas, expectativas inquietantemente excitantes y así, también descansar un poco de ese ambiente tan “agitado” y estresante. Porque uno va para todo lado sin saber qué hacer con exactitud, marginándose dentro de unas funciones incambiadas y monótonas. Así pues, para des-li-gar-nos un poco ascendentemente de ese medio lleno de tedio, acusado de un aire conmiserativo como el que se suele respirar con el nombre de ambiente escolar que, no lo negamos, hemos forjado nosotros mismos, lo hemos ayudado a conservar y perpetuar, y que por tanto también nos sentimos en la obligación de mejorar, impelidos desmigajadamente por la visión espantable de ese desánimo enfermizo que nos invade y frente al cual luchamos descomedidamente y en desuso de las actitudes propias de las supuestas buenas maneras.

Nuestra actitud, casi que arrogante para muchos y tomada por tal y otras cosas no menos estupendas en profundos contenidos de futilidad, pero también vanguardista para el resto, un pequeño resto por cierto, y que según muchos con cierta experiencia deberemos cambiar algún día, de acuerdo con sus apreciaciones proyectivas del mundo que vivieron; presenta, últimamente, conjurada desde los escenarios del reconocimiento prosaico y la rendición a la belleza de los más delicados saberes, como su más inacabada declaración de autonomía reflexiva, la siguiente propuesta:

(Hasta la fecha en que transescribo esto, a pesar de la muchedumbre de linderos sicológicos y señalizaciones culturales y una que otra tortura corporativa, y aunque a estas alturas ya estoy bastante enajenado, no me he visto en la más mínima obligación de hacerlo, no por orgullo, tal vez por negligente mediocridad, mas no he encontrado nunca huellas de alguna sádica satisfacción. Alá quiera que los demás hayan podido encontrar los designios de su propia naturaleza con los mismos desvaríos afortunados o mejores; más bien sí he tenido la satisfacción de contagiar a más personas con lo que ahora me gusta llamar “filosofía continua de la autocorrección irreverente“)

Una semana previa al examen, podría ser un poco más, dada la calidad y cantidad de temas por ver y desprender de sus anclajes teóricos a través de una plausible práctica, lo cual como todo en la vida toma tiempo, podrán disfrutar del placer de su propia compañía y descansar un poco de la nuestra que tanto parece abrumarles, tiempo en el cual estaremos concentrados en los homenajes lingüísticos ya mencionados antes y en una que otra rezumación personal de lo incorporado de esta manera a nuestros pensamientos. Nos comprometemos eso sí, y estamos seguros de ello, de llegar a nuestro regreso mucho más depurados, filósofos, rozagantes, libres y felices de haber descansado de tanto compromiso falso, que no sirve sino de relleno para el que hace muñecos de trapo; falso y tamizado de excentricidad y utopía.

Nos comprometemos a seguir paso a paso y a nuestra manera, conforme a nuestras capacidades y acorde a nuestro estilo [el no revelado] (y qué estilo), el cronograma y la línea de estudio. Nos comprometemos a adelantar trabajo y realizar investigaciones en vísperas de nuestra esperada ausencia (que ya muchos la esperaban, de hecho podría aventurar que todo el colegio estaba enterado de la osadía; pues debo admitir que por entonces nuestra fama abarcaba triángulos latitudinales tan vastos para unos chiquillos despistados y además enclavados en el mismísimo subdesarrollo del subdesarrollo), para que cuando la semana se cumpla no nos hallemos alcanzados, hayamos profundizado suficientemente y entremos solícitamente a la par con toda proesiánica normalidad.

Nos comprometemos también a regresar tan grandes, gordos y pesados como hipopótamos, después de este idealizado descanso, además de untados al igual que ellos de lodo y fango, de ricos conocimientos y bellas experiencias que se puedan compartir durante el resto del período, cosa que cuando nos recostemos a motivarlos tengan que correrse y salir untados de algo bueno. Nos comprometemos por último, a integrarnos más al grupo y a marchar contagiosamente, con entusiasmo y diligencia o al menos hacerlo creer con entusiasmo y diligencia, y a enfocar con mayor esfuerzo las reglas de nuestro estilo, más cristalino y evolucionado. De paso ustedes, a la larga también descansarán de nosotros y a la vez, tendrán la garantía de ver unos nuevos estudiantes con más grados de visión y muchos más claros objetivos (esta última parte sí no se ha cumplido del todo a cabalidad, al menos en mi propio pellejo).

Hemos decidido así, quitarnos las máscaras que nos agobian, descubrir las facetas ocultas y desmontarnos de toda esa lama testimonial de nuestro estaticismo derogado y desmontado; permitiendo de ese modo que nuestra llama irradie con toda su luminosidad; llevando a cabo el proceso de limpieza; tomando conciencias sanas sobre quienes somos; salvando los defectos, y así cambiar poco a poco, si es lo mejor, apoyados en otros seres, en nosotros mismos, en ustedes, en los que ya han muerto, en sus libros y formas de inmortalidad. Hágannos ese favor. En caso de no resultar así, solicitamos humildemente que se nos acepte este documento como constancia de nuestros buenos deseos y prenda de excusa válida para ser tomada en cuenta cuando se haga la evaluación que seguramente vendrá en torno a esto (no andábamos mal encaminados al respecto ni nos importaba un comino).Esto último también referente a nosotros cuatro.


Cordialmente:


…una semana del horario escolar en nuestro favor y beneficio…

(Los cuatro).

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Un recuerdo es casi siempre un titubeo del pasado; pero este es más un sincero tributo a los amigos.