La condición

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sábado, 14 de junio de 2014

o: CON BASE EN EL ORIGINAL (completo)


Nota aclaratoria: Siguiendo un hilo más bien perezoso en el tratamiento de los temas que se encuentran en cuestión, he utilizado en mi favor las actuales circunstancias hipermediáticas de la comunicación y del lenguaje. En ellas los averiguamientos para suministrarme la información y las referencias, basadas en las cuales auguro sobre las diversas singularidades mencionadas, y que del mismo modo desconozco, se fundamenta básicamente en una juiciosa y subrepticia plagialidad del estado del arte.

Nota de lectura: En algunos tramos de esta especie de pseudoadmonición tipo recodo a la deriva, se aglomeran ciertos despojos cauterizados de un corpus más o menos amplio, en general de dominio público, su advenimiento en este caso podría resultar discutible, incluso más allá del escrúpulo académico.



DISPERSIONES

Hace relativamente poco tiempo, apenas el fértil asomo de un castañeo subconsciente, pude ver -con escueta diferencia podría decir “contemplar”-, cómo asomaba de su casi inadvertido sueño de décadas, uno de los proyectos más significativos para mi efímera percepción de la existencia, lo cual no resulta demasiado importante de no ser porque, con presunción de objetividad, no debo ser el único... Me refiero al remake de Cosmos, uno de tantos a decir verdad, y que suspicazmente pretende ser una de las reminiscencias más memorables de aquél grato bosquejo de Ciencia aplicada, cargado de pertinencias documentales según lo que recuerdo. Si bien me pareció que se manifiesta algún traspiés de más para mi gusto excesivamente escrupuloso, quizás ineludible en la aligerada dinámica contemporánea, aquello bastó lo suficiente como para revivir casi a flor de piel mi trivial curiosidad, todavía precipitosa, por los fantásticos y espinosos recuentos de un trasiego apretujado de sombras inefables y no pocos relámpagos de confusión, lo que algunos estaríamos dispuestos a llamar de buen agrado y con una sencilla disposición de ánimo: la Historia. En la breve tormenta del intelecto que nos compete, se agita el eco de un grato o quizás ingrato recordatorio, el de un pasado compartido que habría que conocer.


Hasta donde se piensa que podemos deducir y dentro de lo que se puede definir como existencia, ocurren fenómenos de naturaleza extremadamente singular, que con el transcurso del tiempo y los refinamientos idiomáticos hemos llegado a llamar cognitivos -además de usar otros términos, astutos de nosotros-, los cuales nos permiten interpretar los asuntos que por una u otra razón nos llaman la atención. Lo interesante de este aspecto del mundo humano, o una de sus interesancias, es que la conjugación de sus componentes resulta susceptible de ser organizada, hasta cierto punto, al menos en la dimensión abstracta y hoy casi rezagada del pensamiento aristotélico. Pero también resulta importante porque involucra los límites, intuidos más como horizontes que como fronteras, de las capacidades didácticas de que disponemos para entenderlo todo. Supongo que no tenerle miedo a buscar las respuestas no es lo mismo a no tenerle miedo a la posibilidad de encontrarlas. Imagino sin mayores dificultades, que lo último está relacionado de forma más directa con las estructuras de soporte especulativo que conocemos con el nombre de Ciencia.


La Ciencia nos involucra a todos en la medida en que es el compendio organizado de los intereses que presentan una dimensión común. Una de las ideas que se expresan en el proyecto de Carl Sagan -para no perder la insinuación de una vaga idea esbozada en el primer párrafo-, infiere que los moldes de la vida estarían, en teoría, por todas partes y que, eventualmente, se ocasionarían fácilmente, aunque no podamos entender todavía cómo lo hacen, ni siquiera en nuestro propio ambiente. Pero algo que sí sabemos es que, salvo raras excepciones, también se deshacen con relativa facilidad. Los organismos encuentran su forma de sobrevivir atrapando en sus sistemas la energía que precisan, lo hacen de manera autónoma y a veces por medios tan primarios como sorprendentes. Algunos organismos simplemente cosechan luz, de manera directa, convirtiéndose en el soporte de la vida, donde esta depende de ella; otros organismos entre los que se encuentra nuestra especie son complejamente parásitos de los primeros. Este simple enunciado me lleva a intentar explorar, en cuanto me percato de la posibilidad, algún que otro tramo de la complejidad que nos habita. No obstante, basta con que uno se interese por algún tramo para que se disperse la potencia intuitiva que procede de nuestras contradicciones. Tenemos tendencia al protagonismo.


Sin embargo dicha complejidad habitacular, al menos en la extensión no ignorada de “nuestro” planeta, no hubiera sido posible si no hubieran existido los asombrosos entramados entre las naturalezas física y química de los elementos primigenios. Ahora bien, que existan unos elementos primigenios parece tener una relación especial con un alter-entramado rubicundo, un tanto externo a nuestra percepción de la cotidianidad. Sin embargo –y este segundo sin embargo promete alargar de manera superflua la extensión de este comentario-, parece que no hay nada en nuestra vida que tenga mayores consecuencias cotidianas si terciamos por allí. Una especie de adagio adoptado, a última hora y a regañadientes por la Sicología aplicada de finales del siglo XX, que acrecentó su perspicacia en los sumideros novecénticos de una Antropología de lo inefable, enuncia, exagerando un poco, que reverenciar al sol y a las estrellas tiene al menos un sentido, ya que al fin y al cabo somos su producto indirecto. A pesar de que esa es una idea que alcanza a ser revolucionaria, al interior de la catarsis duelada que abarca nuestro tortuoso aprendizaje colectivo, si se puede llamar así, se ha admitido de manera más o menos generalizada, que las respuestas a los porqués pueden y suelen tener más de una explicación convincente, dependiendo consecuentemente de los intereses implícitos de la cultura dominante y de los grados de fe implícitos.


Como se sabe o se especula con mayor o menor suspicacia, para algunas culturas y quizá la nuestra deba incluirse, la verdad puede no ser otra cosa que una alucinación muy bien argumentada, o acaso (para otras culturas) la réplica pasiva de una ignorancia muy bien administrada. Intentar conjurar los muchos siglos de ostracismo dialógico ha sido, en algunos casos venturosamente contrariados, el propósito de algunos sistemas explicativos del mundo. A lo largo y ancho de nuestra fugaz historia registrada, las diversas ideologías, similares en vastos sentidos a lo que llamamos Ciencia, han competido encarnizadamente por obtener el dudoso monopolio sobre los derechos de verdad, y cualquier aspecto que les facilite lo que podríamos llamar una verosimilitud estructural de sus planteamientos. Se trata de un material que resulta susceptible de convertirse en trasfondo enajenado de la intolerancia, en un elemento de cohesión que en algunos casos puede ser utilizado con el propósito de excluir. Hay que reconocerlo, nuestra forma poética de plantearnos el mundo ha probado tener abundantes puntos de convergencia con destacables mecanismos de meticulosidad. Tal vez ahora –un simple ahora sempiterno en nuestra humilde escala existencial- nos encontremos develando, a la manera en que los renacentistas andaban descubriendo los mediterráneos pensamientos hoy llamados clásicos, las potentes cargas de verdad en afirmaciones y sistemas de creencias que en una época, más bien reciente, todavía solían ser consideradas parafraseos balbucientes de incidental relevancia, cuando no descarados anatemas al orden establecido.


Como si dado el momento, pudiéramos hacer a un lado los argumentos desdeñosos que ponen en primer plano las cargas místicas de aquellas cosmovisiones y, en seguida, en vez de despreciarlas categóricamente, como si de planteamientos filosofístcos –y por lo tanto desautorizados- se tratara, aspirar a una lectura semejante, o limítrofe, con la que pudieron pretender quienes las construyeron; llevados a suponer que tal vez ello nos permitiría establecer y patrocinar el interés crítico, tanto a favor como en contra, de las tendencias de ciertos sistemas de dimensión exclusivamente política, cuya participación en la historia sólo es entendida, por lo general en términos autorizados, cuando deslumbran por su ausencia en pleno mediodía los más mínimos matices indulgentes, en el a veces forzoso batir de alas de la clarividencia gubernativa, a partir del deseo de homogeneizar y contener el pensamiento en una sola manera de interpretar. Y ahora que ya hemos entrado en calor, me gustaría imprecar con unos cuantos párrafos propensos al desentusiasmo, una vieja y repentina visión de lo que tal vez somos, y que me ha venido a la mente, como la húmeda envergadura de una temática esquiva. La titularé sin mayores sentimentalismos:

Se nos ha dicho que lo que hace la vida interesante es el conflicto, que los inconvenientes y el cómo los resolvemos o salimos de ellos es lo que realmente importa, que las magnitudes de nuestras problemáticas establecen las dimensiones a las que podemos y debemos aspirar, que nuestros sacrificios o lo que podría llamarse el calibre de nuestra persistente devoción a mejorar, ya se trate de fenómenos trascendentes o no, sobrellevan el prestigio de una especie distinguida en términos generales por el designio de la reflexión, aplicada o no, y que a ello se debe sacrificar incluso la vida misma si resulta necesario. Pero ¿qué es realmente lo que se enuncia en un postulado de esta naturaleza, tan sutilmente radical y plausiblemente ideológica? ¿Quizá que lo que lo que más importa en la vida es el respeto a lo que se nos ha dicho? Seguramente que no; pero ¿y si la adhesión social se simplificara en un si hubiera más armonía en el mundo, en el sentido de una aquiescencia solidaria, seríamos más felices? Voy a tantear el resbaladizo asunto, que acaba de aparecer aquí como sacado de la manga, desde otro ángulo, uno que me permita trenzar una admisible ilusión de coherencia. Ahí va.

¿Qué pasaría en el mundo si hubiera más armonía? En la actualidad el mundo civilizado tiene en la democracia un concepto de gobierno extendido y adaptable, que por otro lado casi no se practica por múltiples razones de orden y euritmia casi inexplicable, y que no entraré a debatir, esquivando así el riesgo de entramparme en una disertación infinita. Sin embargo dicho concepto propugna ese tipo de valores que se suelen conceder al expresar la pertinencia que se afilia, principalmente, a las nociones de orden político, de competencia cooperativa, entre las cuales se anteponen ciertos rudimentos que podrían parecer insólitos al día de hoy, tales como la fraternidad, la conciliación y la ineludible correspondencia entre derechos y deberes... A pesar de rehuir las posibles conveniencias o no de una dialéctica irreflexiva, en el presente sumario intentaré articular, sin demasiadas negligencias, eso espero, la insuficiencia de mi discernimiento sobre asuntos tan ajenos a mi específica cultura, junto con el deseo de aprovechar la tradición de casi una centuria de eufemismos para los comportamientos desmedidos, y exponer, por el sinuoso camino de la mnemotecnia, entre otras, la necesidad de legalizar y profesionalizar uno de los servicios de corte recíproco que se encuentra más descuidado, y no me refiero al régimen mediante el cual intentamos justificar cualquier sistema de gobierno.

Si de manera utilitaria definimos la felicidad con un poco de pericia permisiva, resulta admisible que si bien parece provenir, al igual que el resto de los afectos conceptuales que se nos traducen en forma de emoción, de algún área del cerebro donde las ilusiones dominan, y de una forma tal que su manifestación bordea los dominios que concebimos como realidades, podemos asimilar que la felicidad depende, para sobrevivir con dignidad, de una buena medida de tolerancia, concordante o compatible con los sistemas de organización que nos han tocado en suerte; una especie de modulación de la sociedad en un sentido grato, complaciente, conciliador, inofensivo, es decir, eutópico. Y puesto que más tolerancia no significa necesariamente menor deferencia o disposición de conflictos, pues los conflictos, como ya se ha dicho, crean el entramado de interesancias que vuelve la vida, más que un algo fascinante, un algo excepcional, puede llamarse a este tipo de tolerancia una especie de armonía, una sutil armonía habitable. Aunque como casi siempre ocurre, la inflexión directa parece funcionar cuando menos en reversa.


Pero la armonía es un asunto más bien complicado para los seres humanos, depende de lo que puede calificarse como un temperamento social, que suele estar más acorde con cierto tipo de conflictos. Demasiadas asperezas hacen cola por su cuota de satisfacción, entre ellas el campo de lo privado, la dimensión de lo personal, por decirlo de algún modo, una superficie tan cargada de optimismo como de fastidio por no decir más. Una de aquellas franjas de soslayada reserva gravita alrededor de lo que se puede hacer o no con el propio pellejo, no necesariamente con lo que se está, por alguna u otra razón, obligado a hacer. Tan particular cuestión podría manifestar agudezas desaconsejadas, incluso invasivas en el terreno de lo privado, pero nada que no sea menester tratar en algún momento. Para acoger de la manera menos inoportuna las un tanto irrisorias dos vertientes introspectivas que parecen surgir de este arroyo legamoso, se me ocurre mencionar, como si de un al vuelo se tratara, sólo uno de los aspectos unificadores que caracteriza una pequeña, pero distintiva e importante parte del itinerario correspondiente a nuestra trayectoria compartida.
Tras una tentativa circunspecta convengo en que se podría describir más o menos como se lo expresa en los círculos medianamente especializados: la dúctil oferta del oficio de acompañamiento esporádico lúdico y esparcivo más antiguo de que se tenga registro, es decir, contextualizando un poco, que tratará del “asunto” de la legalización de las actividades sexuales realizadas mediando, de manera más o menos improvisada, convenios bursátiles inmediatos, una práctica conocida como prostitución. Ahora bien, en términos de análisis bursátiles, parece no ser posible analizar datos oficiales sobre el volumen de dicha economía mercenaria, pues no existen, más allá de un sinnúmero de aproximaciones y estimaciones por parte de distintos colectivos, vinculados a diversos tipos de reivindicación, prevención o defensa de los variopintos y concurrentes estilos de vida asociados a la práctica, discernimiento y rutinas partidarias de los panoramas sexuales en oferta, por decirlo de algún modo. Y ello ocurre impunemente bajo la mirada impertérrita de la sociedad, acostumbrada a los agobios cotidianos de los monopolios.

Tal vez haga falta advertir que una opinión semejante puede ser señalada de insustancial, cuando menos, pero entre los ejercicios de revisión fiscal que se asumen en Colombia, demás está decir por estos días, demás también citar operaciones análogas en todo el orbe, es quizás el momento de recapitular un poco y poner a cuestionamiento, dado el enorme déficit presupuestal al que se enfrenta el mundo, la viabilidad -o el conflicto- de gravar aquellas actividades que, por un lado, gozan de una tributación nula y por otro padecen del más abnegado desprestigio, bien por encontrarse en una alegalidad obvia como puede ser la prostitución, bien por ser ilegales dentro de ciertas facetas, como puede ser el tráfico de drogas blandas, hachís y marihuana, por reiterado ejemplo, que, dependiendo donde nos encontremos, se considera delito si bien no así su consumo, o no del todo, o a lo mejor me equivoque, tal es el clima de mi actualidad sobre el desconcierto mediático que alcanzo a detectar, a través de la displicencia des-informativa que, desde luego, no sólo concurre a mi alrededor.


...DESPOJOS CAUTERIZADOS

Para entrar en materia de una vez por todas, habrá que hacer un recorrido medianamente detallado y promiscuamente sugerente del tema en cuestión, digamos el último tema planteado. Ya en el siglo IV antes de la era común, la antigua Grecia aceptaba, con franqueza práctica, el hecho de que existen personas que viven de los sectores sociales que hoy describiríamos como tabú, al igual que existen otras personas que demandan este tipo de realidades, productos, servicios, tratos especiales o como se le quiera llamar; una tesis de existencia, por tanto. Las sociedades modernas llevan a cuestas su propia historia, menoscabada y todo el etcétera que se quiera, de profunda convivencia con actividades económicas que son abarcadas por altas dosis de prejuicios y variadas técnicas de intimidación, y no se ha llegado aún al momento de plantear, con despreocupación transgeográfica, por decirlo de alguna manera, debates serios sobre la necesidad de asignar o establecer figuras arancelarias –y por lo tanto de salvaguarda- a dichas actividades. Si bien un litigio de esa naturaleza podría resultar, al parecer, todavía más tabú, bien pensado el asunto, las interrogantes parecen ensancharse.

Cuando se mira hacia el pasado suele prevalecer una visión masculina de la realidad, ello obedece a que el pensamiento femenino y sus modelos expresivos fueron subestimados casi en su totalidad, o hasta casi suprimirlos del panorama fundacional del intelecto humano. Una cita célebre que describe más o menos bien una de las formas de relacionarse en algunas polis de antaño, modelos de la sagacidad ministerial que suele atribuirse a ciertos modos de sojuzgamiento contemporáneo, se imputa a un seudo-Demóstenes, una especie de Homero mitad mito, mitad realidad, que formalizó una serie de discursos sobre moral y comportamiento, la cita aventura: “Tenemos las cortesanas para el placer, las concubinas para proporcionarnos cuidados diarios y las esposas para que nos den hijos legítimos y sean las guardianas fieles de nuestra casa...”

Ni más ni menos que la opinión de un patriota, lo cual no viene al caso más allá de semejar un desliz desenfrenado, moderadamente tolerable desde la ventajosa posición en que nos encontramos, sin duda una etapa muy temprana del desarrollo cognoscitivo en la que relacionarse íntimamente con una sola persona, resultaba poco menos que un comportamiento antisocial. Al ser casi inexistentes los matrimonios por devoto apego a un solo ser, ya que solían entenderse, de hecho, como un contrato entre dos familias (núbil origen del matrimonio, al menos en aquel momento y lugar aunque también en otros), los hombres -en su extensión- buscaban los placeres sexuales asociados con su apreciación de una especie de suerte de individualidad colectivizada, fuera de los límites de la casa. Desde luego hemos avanzado desde entonces en aquellos sofismas pre-racionales, ya que en nuestra actualidad atemperada de las proto̴sensateces propias de una evolución cognitiva a lo que dios manda, suele concurrir todo lo opuesto. Si en algo hemos avanzado desde aquellos pretéritos es en dilucidar una triple moral.

Esta tolerancia apócrifa y vicisitudinalmente poco decorosa o poco ortodoxa, en relación con nuestro evolucionado y diafragmático tiempo presente, se percibía a mi juicio algo adelantada, al menos en una trayectoria moral actualmente en desuso, la complicada bilateralidad de los intereses íntimos, pues si bien las leyes reprobaban muy severamente las relaciones de los hombres fuera del matrimonio con una mujer libre (en el sentido de ciudadana soltera económicamente dependiente), no ocurría lo mismo cuando el casado (algunas veces la casada) recurría a los servicios de una hetera o introducía en el hogar conyugal una concubina (del griego παλλακή, pallakế). Tal vez quepa añadir aquí que resultan esquivos los datos respecto a la formalización de los servicios sexuales, en disposiciones más heterogéneas que ofrezcan mejor luz sobre los diversos mutualismos involucrados.

Por lo que respecta específicamente a la existencia de una prostitución femenina o masculina con destino a las mujeres, el asunto parece estar muy mal atestiguado, al menos desde la perspectiva de un neófito. El Aristófanes de El banquete de Platón menciona un grupo particular, en su célebre mito del amor. Para el escritor, «las mujeres descendientes de las mujeres primitivas no tienen gran gusto por los hombres: ellas prefieren las mujeres; son las que se llaman las hetairístriai». Se supone que se trata de prostitutas que se dirigen a una clientela lésbica, especializada en delicadezas que hoy tal vez llamaríamos “de género”. Un tal Luciano se extiende sobre esta práctica en su Diálogo de las cortesanas, pero es posible que se trate simplemente de una alusión al pasaje de Platón o un impúdico desliz en la exégesis de algún entonces pre o post renacentista. Lo que sí parece poseer un registro fidedigno es el estatus de las prostitutas, admitiendo su oficio como una actividad de lucro, lo cual no quiere decir en modo alguno que todas mantuvieran muy bien lucradas.

Según se apunta en algún lado del intelecto colectivo, basta consultar la enciclopedia británica, mencionada tanto por estudiosos como por entendidos, para consignar que las prostitutas griegas pertenecían a distintas categorías, dependiendo de factores heterogéneos, por lo general relacionados con las exclusivas condiciones concernientes a su praxis, aquí un aparte: «...las pórnai, las prostitutas independientes y las heteras. Las heteras constituyen la categoría más alta entre las prostitutas. A diferencia de las pórnai, no se contentan con ofrecer sólo servicios sexuales y sus prestaciones no son puntuales (de manera literal, en griego ἑταίρα, hetaíra significa 'compañía')». Comparables en cierta medida a las geishas japonesas, las heteras poseían una educación esmerada y eran muy capaces de tomar parte activa en las conversaciones entre gentes cultivadas con igual esmero, una cuestión de sutilezas superpuestas en selectas e inspiradas disposiciones, sustanciadas en antiguas destrezas tan aptas y versátiles como misceláneas, según el corpus aludido.

Las πόρναι, pórnai, palabra que etimológicamente deriva del griego πέρνημι, pérnêmi, «vendida», eran, habitualmente, mujeres esclavizadas, propiedad de un πορνοβοσκός, pornoboskós o proxeneta, literalmente, el «pastor» de las prostitutas. Este propietario podía ser un ciudadano (también un o una meteco, es decir un o una inmigrante), para el que ese negocio constituía una fuente de ingresos como cualquier otra y por el que tenía que pagar un impuesto proporcional a los beneficios que le generaba. Desde luego hemos avanzado desde entonces en aquellos artificios pre-nomológicos, ya que en nuestra ventajosa actualidad, atemperada de las fecundas proto̴cautelas distintivas en cualquier maniobra epistemológica a lo que dios manda, suele ocurrir, hay que decirlo, todo lo antagónico a una experiencia tan visceral. Hábiles desidias de la Historia, podríamos solemnizar.

También existía una noción tal vez perniciosa para algunos niveles de tolerancia, la de prostitutas independientes. Las prostitutas independientes trabajaban directamente en las calles. Se cuenta que para exhibir sus peculiaridades a los o las clientes potenciales, solían recurrir a distintos mecanismos publicitarios de lo más interesantes: así, entre los registros arqueológicos se han encontrado sandalias con la suela engalanada sistemáticamente, concebidas para dejar sensuales marcas en el suelo, como: ΑΚΟΛΟΥΘΙ, AKOLOUTHI («¡Sígueme!, ¡no lo lamentarás!, ¡etc!»). También innovaban el automatismo selectivo con ayuda de capciosos cosméticos, emblemáticamente de forma poco discreta. Se dice que Eubulo, autor de la Comedia Media, se burlaba de los trucos de estas prostitutas describiéndolas como «pintarrajeadas de blanco de albayalde y (…) untadas las mejillas de zumo de mora». Atributos lucida y vehementemente expresados, lo que puede tomarse como fiel testimonio de la equilibrada proporción estética a la que algunos estaban acostumbrados.

Sin duda la extrema síntesis a la que se han visto reducidos nuestros mejores aparatajes de propagación sensorial (y quizás taladraría mejor una expresión más sensual), convirtiendo la publicidad en una colección de estrofas lugarcomunes es, desde una perspectiva propensa a tomarse a veces las cosas a la ligera, una respuesta amigable y desprovista de alguna habilidosa inquietud por nuestra parte; podría decirse, una objeción huérfana de un apropiado interrogatorio. Aunque, claro, eso está a punto de cambiar, y en su cambio tal vez pueda integrarse al desbordado sincretismo de oficios que convoca nuestra realidad en el planeta que nos sufre, aquellas actividades que por razones que algunos doc-tos especulan que nos avergüenzan o avergonzarían, se encuentran en alguna brecha de rugosa marginalidad, esa condensada armonía pendenciera y a cierta segura distancia, desde la que nos empecinamos, por razones tan indistintas como gente entre la gente, en antipatizar con o a los demás. Desde luego en este asunto, como en todos los que puedan resultar atesorables, por los motivos que sean, se da la simpática paradoja que enuncia que no pueden caber pensamientos reduccionistas, por minúsculos que estos parezcan, y sabemos, al menos en teoría, que en el universo lo minúsculo puede contener otros universos, y estos, a su vez, ser semilleros de otros que contienen otros más.

Pero volvamos a la ruda deriva de los suspicaces auspicios helénicos, suavizados con el hábito vital de acalorar el intelecto con una rubicunda y sobria ebriedad, y retomemos el hilo sinuoso de este devaneo. En la Grecia antigua, como ya se ha mencionado, las prostitutas solían personificar los orígenes más diversos: «mujeres metecas que no encuentran otro empleo en la ciudad de llegada, viudas pobres, antiguas pórnai que han logrado independizarse...» Se sabe que al menos en Atenas debían estar registradas y pagar un impuesto, mientras que algunas conquistaban el derecho de hacer fortuna practicando exclusivamente su oficio. En el siglo I de la era común, en Koptos, en el Egipto romano, se tiene registro de que dicho impuesto se eleva a unas 108 dracmas. Por otro lado se conoce el nombre de varias de estas heteras, las cuales podían administrar libremente sus bienes y cultivar diversas prácticas, hoy en día se las llamaría, tal vez, custodias de la didáctica sensual, piezas subsidiarias del mucilaginoso engranaje social, hippies pseudocontemporáneas o algo por el estilo. Un ejemplo eminente fue Aspasia, amante de Pericles y una de las mujeres más célebres del siglo V antes de la era común. Originaria de Mileto y, por tanto, reducida al estatuto de meteco en Atenas, atrae a su casa a Sófocles, Fidias, a Sócrates y sus discípulos. Según Plutarco en su Vida de Pericles, «domina a los hombres políticos más eminentes e inspira a los filósofos un interés nada despreciable», la cita en general ofrece una elocuencia nada despreciable.

De la época clásica se mencionan por citar algunos ejemplos una Teódota, compañera de Alcibíades, con quien Sócrates dialoga en las Memorables; una Neera, a quien el pseudo-Demóstenes dedica un célebre discurso; una Friné, modelo de la Afrodita de Cnido —obra maestra de Praxíteles—, donde ella es la amante, pero también compañera del orador Hipérides, que la defenderá en un proceso de impiedad (la asebeia); una Leontion que fue condiscípula de Epicuro y filósofa ella misma. De la época helenística, por su parte, se puede citar a Pitónica, compañera de Hárpalo, tesorero de Alejandro Magno, o a Tais, correligionaria del propio Alejandro y después de Ptolomeo I. Como se puede deducir, algunas de estas heteras fueron muy ricas, en el sentido más próspero del término. Jenofonte describe a Teódota rodeada de esclavas, ricamente vestida y alojada en una casa de gran altura. Así pues algunas de ellas sobresalen por sus gastos extravagantes, como Rodopis, cortesana egipcia liberada por el hermano de la poetisa Safo, quien se distinguiría por hacerse construir una pirámide, quizás a manera de uno de varios equívocos distintivos, dedicados a su iluminada dimensión respecto al perdurable acto de conjurar a la muerte.

Según informes, detalles, datos recopilados a partir de efímeras citas, Heródoto, uno de los grandes historiadores de la antigüedad y cuyos registros fueron objeto de un análisis escrupuloso por parte de grandes, diversas y desconocidas inteligencias, en una época en que el conocimiento reptaba sobre las arenas del Sahara, fuera del alcance de las purificadoras llamas del intelectualismo ideológico dominante un poco más al norte, cortesía de la exacerbada imaginación totalitaria que aún hoy en día se suele exhibir en todo gran convencimiento, al recapitular su delicada Historia, el escéptico Heródoto descree de esta anécdota, sin embargo refiere la existencia de una inscripción muy costosa que Rodopis financió en Delfos, en todo caso una insinuación del talante concurrente y manifiesto de estas legendarias y, en algún momento y perímetro, tradicionales presencias. Siguiendo la tradición y si hay que creer a Aulo Gelio, autor de Noches áticas, las cortesanas de la época clásica cobraban hasta 10.000 dracmas por una noche, pero quizá no basten los cálculos y correcciones monetarias para hacerse una idea sobre cuáles eran las habilidades tasadas en ese precio. Para citar otro ejemplo, en Los aduladores, Menandro menciona a una cortesana ganando tres minas por día, es decir, precisa, más que diez pórnai reunidas.

Sobre las pórnai se sabe que solían ser esclavas de origen bárbaro, lo que tal vez sugiera que podrían ser nórdicas, quizá escandinavas. Sin embargo es a partir del período helenístico cuando se incorporan al gremio incluso jóvenes esclavizadas en el propio territorio, que sólo dejarían de serlo cuando fuesen adoptadas por sus amos. Recíprocamente existían otros devenires quizá menos susceptibles de surcar entre huraños huertos de espinas. Existía una categoría específica de los templos consagrados al decoro de la desmaterialización, la de las prostitutas sagradas, que se abastecía, habitualmente, de heteras. Un género de casinos divinizados de la época. El santuario de Afrodita era tan rico que a título de “esclavas sagradas” tenía más de mil heteras, que tanto hombres como mujeres habían ofrecido a la diosa. La ofrenda a las divinidades en forma de mujeres-prostitutas no alcanzó en Grecia una amplitud comparable a la que existió en el Próximo Oriente antiguo, no obstante se conocen numerosos casos. Por un lado, dentro del propio mundo griego, hubo prostitución sagrada en Sicilia, en Chipre, en el reino del Ponto o en Capadocia; por otro, la hubo también en Corinto, cuyo templo de Afrodita alojaba una importante tropa servil, al menos después de la época clásica.

Así, en 464 antes de la era común, un tal Jenofonte, ciudadano de Corinto y atlético vencedor de la carrera a pie y del pentatlón en los Juegos Olímpicos, dedicó a Afrodita, en síntoma de agradecimiento, cien de sus jóvenes mujeres, para distribuir mejor la gracia en el templo de la diosa. Conservamos el recuerdo del hecho gracias a un canto festivo encargado a Píndaro, enalteciendo a las «hijas muy acogedoras, sirvientes de Pito [la persuasión] en la fastuosa Corinto». Aunque el oficio de las pórnai se desarrollaba en los prostíbulos, generalmente en los barrios conocidos por esta actividad, tales como El Pireo (puerto de Atenas) o el Cerámico de Atenas, frecuentadas por los marineros y los ciudadanos menos opulentos, a esta categoría pertenecían también las mujeres de los burdeles del Estado ateniense. Según Ateneo, en su Banquete de los eruditos, en el cual se citan al autor cómico Filemón y al historiador Nicandro, autor de una Historia de Colofón, fue Solón quien, «preocupado por calmar los ardores de los jóvenes, (...) tomó la iniciativa de abrir casas de paso y de instalar allí a chicas compradas». Así, uno de los personajes de las Adelfas exclama:

«…Nuestra ciudad rebosa de pobres chicos a los que la naturaleza obliga duramente, que se perderían por caminos nefastos: para ellos, has comprado, y después instalado en diversos lugares, a chicas muy bien equipadas y dispuestas. (...) Precio: un óbolo; ¡permíteles hacer! ¡Nada de cursilerías! Las tendrás por tu dinero, como tú quieras y de la manera que tú quieras (...)».

Como subraya el personaje y sin mayor ánimo de imaginar algún comentario extravagante, los prostíbulos solonianos resultan significativos a la hora de aportar satisfacción sexual accesible. Existen numerosas alusiones al precio de un óbolo para las prostitutas menos costosas, sin duda para lo que hoy se consideraría las prestaciones más simples o básicas. Incluso Solón habría erigido, gracias al impuesto sobre los prostíbulos, un templo a Afrodita Pandemos, literalmente Afrodita «de todo el pueblo». Parece bastante claro, pues, que los atenienses consideraban la prostitución como un componente sustancial, casi nativo, de la democracia.

 Y aquí detengo esta disertación calcada a pulso, pues ya iba a pasar a hablar de los agitados y nervudos ritos de los Troyanos y espartanos respectivamente, y a embarcarme en la explicación de porqué al parecer no..., pero me voy por las ramas. Argumento de economía. Basta de clasicismos, es hora de apartar a un margen más sensato la acumulativa y docta presencia de la Wikipedia, (del griego Βικιπαίδεια)¡? Pasemos más bien a hablar de los norteamericanos, y por qué no, si todavía se bromea en ciertos cafetines de orgánica oriundez sobre los deslices de aquellas legiones de la CIA que... Bueno, basta de chismes. Concretamente hablando, la pujanza del pueblo de las barras y las estrellas y moderno tremedal de culturas forcejeantes, en su búsqueda perpetua de encumbrar a lo que dios manda, las inflamadas despensas que sus apasionados padres fundadores sudaron siglos atrás. Su profunda comprensión que fundó y fecundó buena parte del mundo preposmoderno, llevado de la mano por la revista para hombres más glamorosa de la historia, según su propio fundador, permitió que aquellos pioneros, impregnados con tan insondable conocimiento, vislumbraran el potencial de la sexualidad en un concepto de bolsillo, o más bien de ático, cochera o espontáneamente fatigado entre el colchón.


Bastaba con extender el principio de la flexibilidad de las superficies para irrumpir en un orbe de fantasía, ironías aparte, consumadamente inadvertido, una habilidad heredada de aquellos tiempos en que unos cuantos míseros folletines escandalizados de tres o cuatro augurios y dos o tres cándidos apetitos, salpimentaban la ruda existencia de esos hieráticos y comedidos paladines, lanza en ristre contra el nuevo continente, subsidiarios a fuerza de tesón, a una manumisión desflorada a palo seco por la imposición, a filo de hacha, del bizarro espíritu puritano, el cual de cuando en cuando retortija visiblemente sus entrañas, mucho más que el encogimiento o desplome de su intrépida economía. Inusitadas eidexégesis de la Historia. La vivacidad de un comedimiento tan altruista parece tornar algunas trazas de temeridad, con el tiempo y la distancia, en leves cenizas para un delicado esparcimiento. De tal suerte, emergen en el panorama inmediato ciertas expresiones eufemísticas, cuyos senderos se irrumpen de formas todo menos ortodoxas, es decir, más allá del escozor moral, en la destilación de horizontes tan exóticos como intrínsecos. He a continuación un ejemplo de ello.

“Si se expresa la noción rudimentaria de economía sumergida en función del PIB, una disminución de éste genera un aumento automático de la economía sumergida, de inmediato y viceversa” ...Un panorama financiero complicado, si se lo contempla seriamente: implosión de ingresos y explosión del gasto. Y suele suceder que ante los panoramas financieros complicados, por lo general no se pregunta de dónde viene el dinero. Cuestión de valores de interpretación. Malestar aparte, la llamada prostitución voluntaria se considera una “actividad económica” que se convulsiona en zonas que no se encuentran contempladas en los niveles de la iniciativa empresarial viable, y menos como dinámica de promoción laboral. Aunque la sociedad haya hecho magnos esfuerzos por legitimizar algunas formas de prostitución, por lo general relativas al pragmatismo de la conservación de los valores, un legado quizá escandinavo, bajo la fachada caravánica de las buenas costumbres y el papel central de la familia, una prostituta o un prostituto estándares, no tienen permitido tributar por los ingresos derivados de su oficio, ni mucho menos contribuir con ellos a las formas representativas de cotización vigentes, por más que ambicionen ser una parte productiva de la sociedad. Se encuentran, por decirlo de algún modo, irremisiblemente ligados a lo que se conoce como economía por asociacionismo, una vertiente marginal de la modulación accesoria de las riquezas foráneas.

Los norteamericanos son precisamente todo lo contrario a un ejemplo a seguir, especialmente en el momento que nos corresponde llamar su singular tiempo presente, tan lleno de incertidumbres y despropósitos a merced de renovados y aterradores vaticinios, provenientes de ninguna y cualquier parte, de un porvenir que ya no les pertenece, que ya no pueden empuñar con la vieja certeza de sus principios exaltados, su economía rimbombante, su eufórica simetría suburbana, su decadente cotidianidad apesadumbrada, sus inspirados destellos sintéticos, perdurables a costa de implantar lobregueces y esparcir la exuberante desolación de su truncada grandeza, aunque se esfuercen por aparentar las cualidades del superhombre, el guerrero, el patriota, el pilar de la sociedad; no obstante y gracias a que su historia nos permea las naguas con un viscoso rezumado de aquelarre santurrón, a lo largo de los siglos que abarcara la llamada edad temprana del ostracismo moderno, o algún viso por el estilo, nosotros mismos hemos agrandado nuestra colección de traumas a una despensa bilingüe, de tal suerte que, entre algunos ¡ah! Y ¡oh! de propagación cosmopolita, lingüísticamente hablando, y cuando su popularidad declina y se diluye en un nuevo amague de postrimería prematura, una contemporaneidad encolerizada presume su cetro con degustaciones impalpables, es decir, etéreas, mientras la política de la desconfianza perfila un nuevo rastrillar de garras, a ciegas y contra un monstruo informe, es decir, salvajista, así el estatus de ansiedad que gobierna los derroteros regulares de la didáctica de las bacanales indica que, si bien debe haber esperanza, no parece haber adarga que nos libre de proliferar en la destrucción, y con ello un baldón de etcéteras profuso y perverso para quien se encuentre bajo su sombra.

Hay muchas formas de escudarse en argumentos de todo tipo. Norteamérica es para muchos norteamericanos la tierra de los magnates, cuya perspectiva no trasciende lo que hay más allá de los océanos, aunque ahora el mundo esté en todas partes. Es entendible, su esplendor empezó cuando Europa estaba en ruinas, su revolución industrial reemplazó la mano de obra esclavizada o de esclavos, aunque para ello se emplearon las técnicas de “sistematización laboral” de manufactura nazi. Según se especula, el gran cambio que envolvió y dividió al país en una guerra fratricida, no ocurrió sólo por los puros excedentes enfrentados a la manutención, según el informe oficial. Quizá el sur fuera renuente por su retorcida filiación a un sentido de inferioridad intolerable, pues los estadounidenses saben odiarse entre sí con mucho entusiasmo, y tal vez por ello, al enfrentar nuevos enemigos que no pueden aplastar, han aprendido como disimularlo. La desconfianza en un gobierno que se inmiscuye en la vida privada los ha hecho propensos al aislamiento simbólico, la cultura de base pop y el mass entertainment. Salvo que a diferencia de la prohibición, este material, incalculable y estrechamente embrollado, se encuentra a disposición en cualquier momento y lugar, y, si no representa amenaza, bajo cualquier circunstancia.

Su bohemia, antes de la resaca que marcó la brecha entre un antes y un después, la cual muy pocos habrán olvidado tanto si lo presenciaron como si no, fue una era postindustrial, aturdida y decadente, regida por trafagadores altibajos y, si se me permitiera una circunscripción de bajo espectro, entertainmentesca. Hay que reconocerlo, para una fracción de doscientos cincuenta años o un poco más, de una cultura francmasónica y un tremendo historial de fraudes y complots que más parece, a veces, un burdel real del siglo XIV o algo por el estilo, han sabido cumplir con el principio de vivir rápido e irse ardiendo. Mejor eso que enfrentar sin alivio las reprimendas de una revisión censuradora, aunque sea falsa. Se dice, a manera de chisme, que Lincoln quiso abolir la esclavitud para que proliferaran los burdeles, que era una de sus más secretas ilusiones, etc. Pero también se ha dicho de buen frintein que se comunicaba con algunos alienígenas, de ideología armonizada notablemente con los principios de cierta entidad secreta. Por estos lares de la cohorte que lleva invertida la etc. –Averiguar, sonsos-! Pero patrañas aparte, su propio primer despunte fue brutal, incontables violaciones a las culturas que, de cualquier modo, habían decidido borrar en un holocausto que algunos dicen no termina, o no acaba de terminar, para ser consecuentes con los ímpetus ventilados. Luego del famoso encuentro del ave fría –lejos de una grandeza espiritual, lo único que les quedaba era la “dignidad” de no ser exterminados, por lo que se pusieron ellos mismos a exterminar. Se sigue dando gracias hasta ahora.

Los casos documentados y reportados en los informes sobre abusos sexuales en EE. UU. por la FF. AA. indican que su ejército es responsable los hechos por los cuales existe la mayor cantidad de denuncias sobre, como no, intolerancia y autoritarismo, pero también trata ilegal de personas, especialmente de comportamentalidad femenina, y entre los delitos más frecuentes y significativos, cohesión para prostituir y prostituirse. La mejor prueba de su asiduidad a cuantos sitios y lugares clandestinos se ahuequen por doquier idóneo zigzagueo del relieve urbano, o donde se encuentren, la cartografía puede ser inabarcable, depósitos y depósitos de especulativos anagramas y laberínticas exploraciones en un delicado equilibrio dominante. Cuan trajinados y desvaídos, predicando un atrabiliario manifiesto de respuestas sin preguntas, y sin embargo, han apoyado la Ciencia. ¿Cómo se explica eso? Los aficionados a las teorías conspirativas especularíamos, quizás, con desequilibrios léxicos y una retahíla de afirmaciones sociologistas; diríamos, por ejemplo, no es que hayan apoyado la Ciencia, se han apoyado en ella y, a riesgo de chiste, se la han apoyado, nosecuantas veces y con athlética celeridad, quien sabe, quizá hasta pueda atribuírseles el vago concepto de una nueva fórmula de decadencia, una que se regodea en la crapulencia de sus tecnicismos omnímodos tipo “El Gobierno Tiene La Razón” y entes de ese estilo.


Un declive autoritario de ingentes ultranzas y de sutiles mediocridades. Llamémosle, ya que estamos en tan buenas migas diplomáticas, omisiones de buena fe, sin embargo nunca se olviden que hay que aprender a arroparse con el manto de la confianza que poseen las grandes mentalidades de corte estadista y vandaloempresarialista. Pero este no pretende ser un texto tipo blog del juicio, se trata de un disparate diferente aunque tenga una semblanza semejante. De vez en cuando la jurisdicción de los símbolos resulta ineludible, es cuando tomas o no la decisión de arriesgarte y esperas que no se te interprete trágicamente sino en el tono amable en que se departe una íntima y trapicheada amistad. Amistades de ese calibre con mucha frecuencia se encuentran sólo donde rezuma el fragor del sexo consentido, que sin embargo se encuentra enmarañado en el lujo, a veces extravagante, de poseer la atención de alguien por un par de horas. Y dado que mi trabajo es imaginar y no juzgar, dejad que la imaginación juguetee a sus anchas por algunos minutos, siquiera, antes de hacer el primer contacto visual con quien sea que se encuentre a vuestro lado.




jueves, 15 de noviembre de 2012

La danza de las cañas cortantes



Liliana Montes interpreta "Aguacerito llové" del álbum "Corazón Pacífico"




La danza de las cañas cortantes





Cierto día encontré un duendecillo, era de noche, pensé que era un elfo por su tamaño, su estatura era mayor de lo que yo le atribuía a los duendes, por demás, me los había imaginado tan pequeños y livianos que podrían reposar pausadamente, sobre una delgada rama sin romperla y con el único peligro de ser devorados por una serpiente o algún otro bicho semejante. Una vez también vi un hada volcada sobre una silla, parecía que no entendía qué le había pasado. Estaba al revés y no podía remontar el aire. En fin, que eso es otra historia; el duendecillo me invitó a casa de un mago a donde no quería llegar sólo. Yo ni corto ni perezoso le dije que sí, pues lo encontraba interesante y no recordaba esa noche el renacuajo paseador.

Antes de salir de la ciudad, ya que el mago vivía en las afueras, en una montaña de tierra fragante a sol y bosque tropical, tal vez un hormiguero, hicimos una parada en una especie de centro comercial que yo no conocía, para comprar vinagre y pastel pues no queríamos llegar con las manos vacías. Claro que a mí apenas si se me había ocurrido, no soy de ese tipo de reliquias socializantes, y aunque no llevaba ningún dinero superpuesto, transbordamos todo porque el duendecillo tenía un maletín mágico, o eso me pareció, que seguramente otro o el mismo mago le había regalado, por ser duende me imagino.

Cuando llegamos todo estaba en silencio y en oscuridad, pero una vez llamamos al portón de rejas que custodiaba un pequeño jardín, se prendió una lucecita en el fondo y dibujó instantáneamente la fachada de una hermosa casita gigante. Luego apareció un ser mitad caballo mitad dragón, del tamaño de un perro grande y hacía algo parecido a un rugido ladrado. Pensé que era el mago, luego mi cerebro se sonrojó por la ingenuidad pues del fondo de la luz, salió el personaje más alto que en la distancia se me haya aparecido. Debió ser la luz pues cuando nos aproximamos apenas era más alto que yo, con arrugas en la frente y una sonrisa que yo describiría brevemente, como la más cosmopolita que haya examinado en mi vida hasta ahora.

Parecía feliz de vernos aunque algo sorprendido. Nos invitó a sentirnos como en nuestra casa con la condición de que nos descalzáramos, y luego nos invitó a comer y para tal fin se dispuso la mesa, su cocina que no quedaba lejos, parecía una biblioteca de especias y frascos de todos lo colores, una especioteca, pero no tocó ninguno de aquellos pomos, sino que abriendo la despensa, ya estaban listas las ollas con comida recién cocinada. El vino que nos sirvió era picante; dijo que era de un árbol de la selva tropical, de un árbol, eso recuerdo. Yo me repetí dos veces, siempre he sido de buen comer. Cuando estábamos relajados por el peso de la comida, el mago puso música en su estéreo, era pulcrísima –es Liliana Montes -me dijo-, es una mujer bellísima.

Mucho después comprobé que el mago tenía razón, aunque en el momento sólo podía pensar que poseía buen gusto. Mientras la música sonaba con el delicado entusiasmo del reconocimiento, el mago y el duendecillo se pusieron a fumar. Los magos no fuman tabaco, fuman té, un té que maceran previamente en vinagre y que luego ponen a secar. Desde luego que probé, el humo me rodeaba, fue lo más dulce que había probado en mucho tiempo, fuerte pero relajante y con sabor a miel de canela. Noté que hacía cada vez más frío y aparte de nosotros y de la música, sólo eso parecía anunciar la presencia del tiempo en esa noche cerrada de sonidos, como dormida en su propia plenitud.

De pronto el mago trajo unos sobretodos parecidos al suyo pero un poco más pequeños, supongo que para conservar las proporciones de autoridad, eso fue lo que se me ocurrió. Ya no tenía frío y cuando mi cuerpo recobró el calor entonces pude oír los rumores de la noche y una especie de aleteo rápido en el aire, cuyo eco se desplazaba por la lejanía del jardín, surcando las empinadas cuestas del pasto apenas sacudidas levemente por el viento. Cuando observé bien, con los oídos quiero decir, pude entender que el aleteo no era otra cosa que un lenguaje desconocido que hablaban el mago y el duendecillo. El aleteo del mago parecía más fluido pero sin duda estaban conversando.

Cuando notaron que yo me había dado cuenta empezaron a traducirme y finalmente terminaron hablando en mi lengua. Según me dijo el mago es difícil resistirse a la deliciosa fluidez de aquél lenguaje -el lenguaje de los árboles –dijo-, el duendecillo asintió; que en más de una ocasión había cometido el capricho siendo grosero con sus invitados, que eran de todo tipo, procedencia y naturaleza. Justo en ese momento sonó una campanilla, la música cesó, el perro-dragón ladró y rugió, y por el jardín se vio aparecer una carroza blanca con una estela rosada, a manera de niebla, que la circundaba.

Llevaba faroles redondos y se detuvo delante de la casa del mago. –Clientes –dijo-, vinieron por una poción de frío, no tengo horario, les pido que me disculpen, han venido sólo hasta esta hora porque es la mayor temperatura que toleran y necesitan tener frío a su alrededor, son del norte –y señaló hacia el cielo. Como la casa era al mismo tiempo el taller, consideramos prudente salir un raro, no fueran a derretirse por nuestra respiración, por si no lo saben los duendecillos respiran calcinadamente. En ese momento el duendecillo se dirigió a la parte más florecida del jardín y supuse que quería estar sólo con sus aromas, todavía despiertos, o tal vez recién despiertos.

Yo por mi parte me ubiqué debajo de una palma enorme y me puse a ver las estrellas, cielo despejado en incontables estrellas. Desde allí podía ver al mago que hablaba aparentemente sólo, pues la puerta de su casa se había convertido en un portón del tamaño de la sala misma. Qué amplitud, pensé y entonces me pareció de lo más natural, ya que casi nunca me detengo mucho a pensar, fue cuando comencé a oír la deliciosa música que parecían respirar los árboles, eso, como si alguien les estuviera haciendo cosquillas a la oscuridad, habladurías de firmamento.

Una música sobre la cual no se puede guardar memoria. A decir verdad fue como si siempre hubiera estado ahí, revolviéndose por una fuerza extraña hasta ese momento, diré persuasiva, que conjugaba cada nervio de mi cuerpo y que lo instaba a balancearse con felicidad y una especie de ritmo interesante. Pero en cuanto quise ponerme a danzar un dolor terrible, vibrante y suspendido me detuvo. Sucedió que mientras estaba escuchando esa bella música, el pasto debajo de mis pies había despertado; no tenía como saber que era un pasto mágico, aún en las extrañas condiciones de mi estancia en ese lugar, es decir, este pasto se comportaba como si hubiera estado dormido; se mecía dulcemente al ritmo de la música.

Pero lo que me hacía daño era la fina pelusa al borde que tienen la mayoría de los pastos, sean mágicos o no, sólo que esta había crecido hasta alcanzar el tamaño de una pluma de águila. Mi miedo se vio contrastado con rudeza por la magia de la música, que me instaba a seguir bailando como si hubiera sido poseído por el espíritu de la alegría, ya que estúpidamente seguí moviéndome muy despreocupadamente, mientras bajo mis pies se iba formando una tibia apología al dolor, serpenteando tibiamente sobre el pasto estremecido. Lo raro es que podía apreciar ambas cosas a la vez; el placer de la música, el dolor de las pisadas sobre aquél prado de acero.

Así estuve un rato hasta que ya no pude estar en pie, luego recuerdo que me desperté en la casa del mago, me habían dejado sobre la alfombra de la sala con una almohada bajo mi cabeza. Una manta blanca envolvía mis pies, pero pese a mi desazón anterior, que más parecía un sueño en ese momento, no quise perturbar la comodidad horizontal en la que estaba; es raro que a los humanos les ocurran esas cosas, dijo el mago desde algún lugar, pero te repondrás. Mientras tanto yo todo lo que quería recordar era la deliciosa música invadiendo mi cuerpo, y sí, también las implacables espadas clorofílicas atravesando el alma de mis pies danzantes. Así fue como conocí a Liliana Montes, después tuve el privilegio de topármela entre amigos, por allá por el sur del país, donde por cierto también abundan los duendes.







martes, 4 de septiembre de 2012

EXPERIENCIA POeTICA




Ustedes están entrando a una frontera eclipsada en el sendero de este instante. Se trata de algo que no se debe dejar para después, posponer este sentimiento equivale a dejarlo partir hacia ignotos destinos, dejarlo partir en un silencio fértil a la sublimación del pensamiento; pero no en partículas de ideas sino en forma de olvido, no en brillante lluvia de espontánea geografía sino en disgregada indiferencia fundamentalista y dialéctica. Ustedes están entrando en territorios de la simbología refractaria, 4, 3, 2.






Nuestras cédulas instintivas, etcéteras de otra índole.



 
HUBO un tiempo, no del todo olvidado, intermedio digamos, en que mis fustigadores itinerarios afirmaban a boca llena, que hemos sido una cultura poco enseñada a tratar críticamente los aspectos de la propia realidad; quizá no sea la más avecinada de mis irreflexiones y exagere impunemente, quizá sólo debiera referirme en este caso a los aspectos de la memoria colectiva y la diversidad multicultural, la diseñada y la interpretada, la nutrida de insurgencias vagabundas y la encuadrada en formas ideológicas sedentarias, las típicas maneras de enrostrar lo que acontece y la fantasmagoría de las elucubraciones inmortales, en adelante “ello”, qué le vamos a hacer, no obtengo complacencia en el desagravio, me parece que es lo mismo y tal vez esté abominando de mis mayores. Pero consigo sostener aún, pese a todos mis esfuerzos redundantes, que nos resistimos sin embargo a ello, como nos resistimos a la transmigración de los sentidos por las recónditas ensoñaciones que provoca ser poseedor de una tradición robusta, de la cual sentirse orgulloso claro está.

Es decir, no somos precisamente una cultura con tradición identitaria, más allá de ciertos aspectos de naturaleza turística, y este es un juicio de valor que aprecio mucho, sobre todo porque parece estar en desacuerdo con la lógica histórica, que comprende la gran revolución constitucional del 91, desde la que se especula con nuestra gran ventaja en cuestión multicultural, lográndose excedentes privados extraordinarios en el proceso. Pero si se estudia un número suficiente de fenómenos independientes y se buscan correlaciones, es evidente que se encontrarán algunas, las oportunidades están ahí, si alguien no las quiere notar es su problema. Una respuesta que me inquieta: Si sólo tenemos conocimiento de las coincidencias y no del enorme esfuerzo y de los múltiples intentos fracasados que han precedido al descubrimiento, podemos pensar que se ha alcanzado algo nuevo y substancial cada vez que se alumbra la existencia de algo distinto; se trata tan sólo de lo que los estadísticos llaman la falacia de una enumeración de circunstancias favorables.

Un buen ejemplo de ello se descubre entre los recursos cotidianos con que contamos las personas para establecer consecuencias sociales significativas; esas amigables diplomacias de propósito y de circunstancias, por fortuna todavía escasamente definidas y, entre todo ese concierto de expectativas, algunas variantes de lo que se conoce como arte. Se trata simplemente, según lo entiendo, de un profundo deseo de hacer que caracteriza lo humano, y que se convierte en un reflejo estético, simbólico y poético de las maneras como se van moldeando el pensamiento, los sistemas de creencias, los conflictos y las formas de vida. He aquí la primera razón de este incordio literal: CÓMO dimensionar una experiencia artística sino a través de un escenario que nos atribuya, por decirlo de un modo brusco, todas las prerrogativas y atributos de su poesía, es decir, de su iniciativa creadora; su carácter íntimo, temporal, de huella mística de un algo que camina al lado del escenario que habitamos, como vigilando el ritual celebrado en honor de una invocación al reconocimiento, a la vida y la muerte, a la reacción contra lo prohibido, a lo que no es recuerdo sino realidad, a lo que arrastra cualquiera que camina por la calle.






 
Según Roman Jakobson, lingüista dedicado, entre otras cosas, a la poética y al lenguaje infantil, una de las funciones del lenguaje se esconde en las delicadas e interesantes formas de la expresión purificada por la creatividad. Ahora un procedimiento desguarnecido de inocencias, que no es ciento por ciento efectivo, tomar notas. ¿Se han preguntado en qué consiste la necesidad del arte? Por supuesto, ni más faltaba. Ya se decía en el siglo del enorme desarrollo del saber científico y se dice todavía, en el siglo del enorme desarrollo del despliegue tecnológico, “no podemos conformarnos a las respuestas aproximadas”. Basura, no hay respuesta que no lo sea, a no ser que se aspire a la revelación sobrenatural. La necesidad del arte resulta ser un misterio que abarca su desarrollo y su propia perpetuación… Lo sé, sí que lo sé, el tema nos llega a todos hasta la altura de las orejas, pero nuestra necesidad de arte es lo que deseo explorar, así que habrá mucho material para desbaratarme… EL ARTE, o la expresión artística especializada en curiosearse a sí misma, es una de las condiciones de nuestra existencia; según recuerdo Kant llegó a decir que la característica del objeto artístico que lo determinaba como obra de arte, era la de ser bellamente inútil, no sé bien si viene al caso o si es para grandilocucionar a placer (ampliar si se es afecto a despliegues palabrajéticos).

A pesar de las categorías que existen para definir la impresión que el arte nos pueda causar, hay que reconocer que para un buscador de la belleza, lo grotesco también podría parecerle susceptible de ser bello. A la belleza se la podría encontrar en cualquier parte y situación: en los brillantes y desvaídos ojos de una persona desterrada, desarraigada en lo más íntimo de su cultura, que vive al pasar la calle bajo el abrigo del cielo desnuco y mendiga pan para sobrellevar el peso instintivo del hambre. Incluso he oído que para algunos la situación más próxima al infierno que se ha vivido en las últimas dos décadas, el ya impreso en nuestra conciencia colectiva, once de septiembre de 2001, fue una gran experiencia estética y, sí, que también hubo gente a la que le pareció bella, como representación de una experiencia sugestiva o algo así. Me perdonarán la imprevisión pero no pude averiguar más al respecto; la belleza expresada en esa coalición de brutalidad era sobrecogedora más allá de mi capacidad. ¿Es el arte indispensable y por eso un rasgo particular del conocimiento humano y de sus formas de manifestarse? ¿Recuerdan aquellos personajes terriblemente interesantes y complejos que soñaban y hacían cosas para envenenar el arte y terminaron absorbidos como Vanguardias, y lo que hicieron se convirtió en arte? (estetas y críticos por este paraje).

El arte se redefine y reinventa constantemente. Me pregunto si algo puede dejar de ser arte, es obvio que no, pero me lo pregunto. Existen las circunstancias para ello, es indudable pero, la obra perdida ¿no sigue siendo la obra perdida, aún después de no poder recuperarla? Como es un acto creador, representa un acto de conocimiento, sólo que a partir de allí lo que priman son los actos del pensamiento y las emociones, el enriquecimiento histórico de cada acto vivido, por bochornoso o altruista que sea. El arte es humanidad enajenada, envuelta en misterio, por eso la obra de arte o la acción posee una niebla paradójica (ampliar, a mí se me acaba el hilo aquí, la idea ni siquiera es mía). En un ambiente hostil como el humano, el arte se vuelve una dimensión potencialmente indispensable en la construcción de un orden simbólico, que resulta primordial para el reconocimiento del mundo como un lugar habitable. Para algunos pueblos, entre ellos los más conocidos los orientales (ampliar, ídem); digamos, civilizaciones de antiguas raíces, el amor y las profundas repercusiones de su exploración corporal, rebasaron la cotidianidad a través de una especie de categoría artística, en realidad la exploración somática era un acto concebido como verdadero arte y en algunos estados socioculturales lo sigue siendo; el arte del reconocimiento del otro como lugar, de todos los otros posibles, como lugares halagados físicamente con la intención de habitar, en el mejor sentido de la palabra. Quizás esta idea fue el principio de una concepción, que actualmente mantiene su vigencia como discusión abierta, interesante y ambiguamente fértil; lo que quizá sea lo mismo que decir: ambiguamente estéril (no está de más la proyección en ese sentido, pero será en mi ausencia, pues yo pretendo hablar de otro algo que me parece igualmente importante, asomo que si siguen tal vez les parezca lo mismo, a la larga).







 
Esa postura que prima por instaurar la noción de que todo es arte, todo lo que hacemos y practicamos como reflejo de nuestras necesidades, caprichos, concepciones, represiones y prejuicios, y muchas otras cosas más… es una postura como cualquier otra y hay que respetarla, sólo por interesante, aunque resulte evidente su prosaico empatrañamiento, disculparán las fraseosidades, también en esta encrucijada se puede hacer referencia a la necesidad del arte. Yo pienso que aquí sería un poco más bien, la necesidad de reconocer esa necesidad tanto como reconocer el mismo arte, en el sentido de no olvidarse de eso que permite explorar el mundo como un lugar habitable, de que en todo lo que hacemos puede hallarse algo o alguien terriblemente necesario, más allá de la propia sensibilidad que personificamos. Es una forma sofisticada de vanidad del pensamiento, pero ¿es una necesidad intrínsecamente sicológica? No conocemos sociedad sin arte, sin alguna forma de expresión de los anhelos o temores más íntimos… Es cierto que en aquellas en las que el efecto del desarrollo, como lo conocemos y prevemos, ha producido muchas filosofías pesimistas y muchas ideas imposibles, depresiones generalizadas, irrespeto por las diferencias y genocidios; en fin, poco espacio para decidir la vida, el arte se ha visto como la forma más posibilitante de investir el futuro, de penetrar la corteza de las mentalidades intoxicadas con la dimensión de lo inadmisible como imposible, con la ausencia de intereses, bla, bla, y con la superficialidad de los esfuerzos, el hastío y la desidia pérfida…(explicar, ídem, el arte es ambiguo).

Y estas mismas realidades, indeterminadas excepto por la proyección histórica, han promovido el arte como representación, a la categoría de origen de nuevos modos simbólicos, de nuevos modos de hacer sociedad, de hacer su identidad. El paso de una identidad a otra o la famosa construcción de tradiciones, es uno de los rasgos más característicos de las sociedades de las que hacemos parte y que ayudamos a deconstruir permanentemente. En su afán por actualizarse, por ser competitivas, a la delantera, nuestras comunidades humanas incorporan aspectos culturales y los van invistiendo poco a poco de… de tiempo, energía y simbolismo, en una de sus representaciones más categóricas: publicidad. No tenemos que profundizar todo el detrimento que causó al arte las ideologías comunistas extendidas al nivel de gobierno totalitario; sin embargo ese detrimento también sirvió a los artistas para construir propuestas codificadas, no nos vamos a mentir, si quieren pruebas investiguen. De alguna manera este conocimiento se convirtió en persuasión, en señales y signos que seguir, en nuevos valores simbólicos, en absolutos lenguajes. Pero los rasgos funcionales del arte al servicio de la publicidad o la propaganda, parecen ser las mismas al servicio de la sensibilidad colectiva, de su depresión o exultancia, es decir, sospecho que no dejan de ser las mismas, pero con un tratamiento diferente (explicar, ídem). Nuestro presente, al menos hasta donde me alcanza la imaginación, es una realidad de consumo puro, nos consumimos hasta nosotros mismos, y contradictoriamente es un presente conformado por una realidad en la que las personas que lo habitan, tienen menos posibilidades de ser productivas (explicar, puede ser un chiste sospechosamente adecuado).

Algunos creen que eso se traduce confrontación inecesaria, en más violencia, y en formas de arte originales de paso, en culturas enteras marginales, drogoafectas o drogofóbicas y de allí, del esfuerzo categórico por contrarrestar la violencia, por encontrar un derrotero para la razón extraviada, hasta las formas culturales marginales hay suficientes movimientos para abrir un paréntesis (ampliar, ídem, no todo puedo hacerlo yo). En un presente así, la acción está concentrada en el goce y en el disfrute y muchas cosas se vuelven deseables y objetos distintivos de un estar bien, de un ser alguien que está bien. Una valoración de lo estético nos permite construir o adoptar un modelo apropiado, el conocimiento organiza los impulsos entusiastas, nos deleitamos en la provocación. No importa si adoptamos o asumimos ese modelo con cautela o con discreción, es consumo, pero lo gozamos, no podemos decir que no. Algunos lo han llamado repliegue narcisista, otros moda, el placer de la moda, dirigida por las instancias de la publicidad, otros lo llaman esteticismo. Yo lo veo como una ruptura redundante con la realidad impuesta, una rebelión cómoda, la búsqueda del “estilo”, que sin embargo millones compartimos, y me refiero más al sentimiento de grandeza que provoca el reconocimiento en algo deseado, algo que no obstante no puede ser único pero que sí puede ser exclusivo, pues no sólo debe ser deseable sino alcanzable, y sólo necesita destacar en medio de la monotonía de los deberes (explicar juicio de valor si se piensa lo mismo).

Se cree que esos estados de comodidad no producen demasiada autocrítica, incluso algunos creen que no produce la suficiente y que cierra los sentidos a la miseria que permite ese tipo de estados, a la miseria necesaria para que existan estos estados exclusivos, esta superabundancia del consumo, esta supervaloración de lo estético que representa nuestro modelo de estar bien, nuestro modelo de bienestar; pero en algunos sentidos suele ser implacable… Ese modelo de bienestar no es sólo más difícil para más gente en el mundo, a medida que hay más gente, sino para más gente joven, en lógica consonancia con nuestra proliferación un poco descontrolada, para la que el vivir puede significar, más allá de toda duda razonable, el tener que estar conectados con esa filosofía del consumo, hasta absorbernos en ella por completo. Para los que la filosofía del consumo es una necesidad ineludible y al mismo tiempo amenazadoramente insostenible (para ellos, pero también para todos), el futuro es un tiempo amenazador; el presente, aunque no siempre sus consecuencias, cobra todavía más valor y más valor lo que se hace en él, es decir, lo que se hace en él sin la proyección de lo que deviene con el futuro. Tal vez por eso ha cobrado tanto valor el arte de intervención, el happening, el performance, más bien tal vez por eso es que el arte ha tomado esa forma, y que a partir de allí se extienda la idea de que todo puede ser arte y de que efectivamente todo lo que hacemos lo es, a tal punto que ya no importa mucho preguntárselo, que más bien lo que importa es el vivírselo, el confundirse con el arte, el ser nuestra propia obra, por decirlo de algún modo.







El asunto problemático es que de no intentarse un futuro real, no se podrá hacer nada con la sociedad, y el arte pasaría a ser el sueño de una era condensada en posibilidades derrochadas, ¿dramático? (ampliar si se es aficionado a la ciencia ficción o alas novelas detectivescas). Esto no quiere decir que 2.0 no se esté haciendo nada, a un lado las ingenuidades, hay gente provocando sinnúmero de acontecimientos verdaderamente interesantes, llevando la capacidad de gestión a un nivel casi sublime. La cuestión que inquieta a muchos en esa dimensión que llamamos “el mundo actual”, con sus problemáticas actuales, es el por qué se masifica algo cuando millones evidencian al menos sus características más reprobables?, cómo puede ser masificado algo que crea menoscabo para el propio bienestar? Quizá por que serán otros quienes afrontarán las más duras consecuencias. Apurados como estamos por necesidades e inminentes desafíos a un nivel tecnológico, geopolítico, medioambiental… ético, de insurgencia, etc. nos vemos obligados a tomar decisiones y afrontar esos retos sin estar muy seguros de lo que hacemos o de cómo lo hacemos. Lo que quiero decir es, tal vez, aquí entre nos, que quizá sí fue cierto el que los niveles de especialización científica, conformaron un universo de dependencia cuasi irrefutable, a tal punto que el privilegio por ese sistema transferidor de consumo, tan acelerado que resultaría difícil meditar sobre ello, simplemente se desbordó. Genuino (para quienes buscan oro puro con que circunscribir sus best sellers ampliar cada línea).

También podría arriesgarme a comparar esa virulenta actividad con una posible evolución de lo que Marx llamaba: el fetichismo de las comodidades; Pero sería demasiado para mí, me quedaré pues, en que al desbordar nuestra capacidad de entendimiento, el microchip y esas otras novedades estructuralmente autónomas como la energía nuclear, el sistema de conocimiento forjó un nuevo orden simbólico, que abarca nuestro tiempo presente bajo una identidad conocida como posmodernidad. De ahí partió gran parte del desorden contemporáneo de competencialidad. En este nuevo orden, sea lo que sea dicha artimaña, legitimada por los medios y que tanto placer nos da, existen tantas interpretaciones válidas confrontadas con la necesidad de señalar, en la medida de lo posible, en qué se basan exactamente, y aún podría declararse incipiente que la identidad de este nuevo orden es una paradoja, pero ¿qué no lo es o se basa en paradojas? Ya que todas esas interpretaciones también se ven confrontadas por ellas mismas, por su propia ilusión de validez, dejo con la tarea de ampliar a todo aquél que guste de la intrepidez histórica. Entenderán la rudeza de este plegamiento inquisitivo una vez, una vez que hayan trasegado la ignorancia, porque una sociedad que no conoce la historia, no tiene pasado ni tiene futuro, y quien no esté de acuerdo, si ha llegado este vocablo y se saltó la última trasantepenúltima línea, ya sabe qué hacer.

¿Hay que conservar lo que queda del planeta para las próximas generaciones? La respuesta parecerá obvia, sin embargo posee abundancia de aristas dialécticas. Es decir, bueno, sí. Pero también es cierto que demasiados puestos, muchos quizá innecesarios, dependen ya de esa premisa, se justifica un número tan enorme de dependencias relacionadas con el manejo racional del ambiente y el desarrollo de tecnologías limpias, que muchos “enemigos” del espíritu conservacionista ironizan, con cierto tino, que pronto sí va a ser realmente inexcusable considerar la protección forzosa del medio ambiente, pero el medio ambiente de los conservacionistas y de la nueva burocracia verde (ampliar, a quien le gustan las intrigas burocráticas y ligar con entidades gubernamentales). El ser humano siempre ha querido vivir, sin importar las condiciones, afrontémoslo, y afrontemos también el hecho de que sólo una manada lo suficientemente loca se atrevería a intentar conquistar la vida en otros sistemas, estamos muy atrasados con relación a la fantasía. Ese es otro de los rasgos de la posmodernidad a boca llena, la fantasía ha pasado a tener un lugar en la escala inmediata de la realidad, haciendo parte de su temporalidad.

Así que tocará partirnos el alma aquí, o a las futuras generaciones, cada vez peor hasta que se apague el último suspiro de nuestra presencia (armagedones y apocalypsis, con terminators y demás por aquí). ¿Son necesarias las mediaciones internacionales? Es posible, pero lo realmente cierto es que justifican muchos empleos que no se justifican lo suficiente ellos mismos, un vistazo a las ONG´s dispersas por todo el orbe terráqueo ha insignificar una interesante perspectiva, pues en aquellos países donde funcionan sus oficinas centrales, donde se considera que han sido originadas, existen profundos conflictos similares a los que se ufanan de resolver por el resto del mundo, y de los cuales no se ocupan sistemáticamente, en un despliegue de hipocresía diplomática de lo más selecta (libertades y reticencias pormenorizadas y escandalosas, compañeros). Para muchas personas es un pernicioso y prefabricado futuro con el que tienen que cargar las generaciones esas, una especie de estigma impuesto. Que se me perdone el banal e impreciso por ejemplo, adornado con un proverbial deduzco; en los países nórdicos de Europa, el fenómeno de las relaciones humanas es mediado por una vigencia, robusta todavía, de seriedad valorativa, de un formalismo que aísla o atenúa lo que Tolstoi llamaba: “el contagio del sentimiento, y por eso depende todavía más del arte”. En metrópolis y ciudades grandes lo que aísla no es precisamente el tamaño de la ciudad sino la rapidez con que se pobla, la rapidez con que nuevas comunidades se inscriben en determinadas tradiciones, o las fabrican para construirse una forma de identidad, y la rapidez con que estas se rompen; más que extrañar la pérdida de una comunidad en permanente deconstrucción, lo que se extraña es la pérdida de la comunicación (planeta Freud por estos lares).








Pero la participación en realizaciones culturales colectivas puede estar adquiriendo el valor adicional de arte como una forma de conocimiento, que permite concebir la situación a la que se enfrentará una sociedad en su futuro inmediato, las actitudes que debe cambiar de acuerdo con su modelo impuesto, con el mundanal envión de las circunstancias, su deterioro, su potencial autosuficiente, etc. Se dice que para transformar el mundo, las actitudes, los medios de supervivencia, se debe poder visualizarlo de maneras distintas, y eso es precisamente lo que permite el arte, visualizarlo de formas y maneras distintas; el arte tiene capacidad polifónica y eso se traduce en un efecto crítico metastásico sobre el pensamiento. Si estamos de acuerdo en que el pensamiento se encuentra cada vez más especializado, o más organizado en función de esa especialización particular, el papel del arte se torna todavía más complejo y delicado. Sobre todo a la luz de las nuevas investigaciones sobre la participación del cerebro en la creación de formas de arte, que curiosamente coincide con el ascenso de categoría de variados géneros bióticos, de biodinámica compleja, en ese preciso sentido, al advertirse la participación de muchas especies de animales en la creación de bellas formas de un lujoso esparcimiento, de calibre manifiestamente artístico. Una vida artísticamente productiva según este planteamiento, sería una vida abierta al debate, al conflicto teórico en todos los ambientes salvo la confrontación con fines destructivos; habría una identificación directa con el mundo, existir en él tendría un valor agregado para aquellos que no pueden o no quieren alcanzar el modelo: participar en el mundo con su pensamiento, la posibilidad de cuestionarlo y generar, y proponer estados deseables alternativos, como guetos, pero en el buen sentido; atractivas formas de evolucionar y no sólo bacías formas y rudimentarios mecanismos para hacer evolucionar un sistema determinado.

Ya sé que suena utópico y hasta un poco desquiciado, la vida es un poco desquiciada, pero muchas cosas avasallantes sonaron así antes de ser intentadas, los movimientos contraculturales, ¡uy este ya va a empezar a hablar de los movimientos contraculturales! (por aquí camaradas), los movimientos contraculturales se propusieron detener un conflicto armado a kilómetros de distancia con marchas pacíficas, que las hubo, y RockandRoll, y lo detuvieron. Se propusieron romper estereotipos segregacionales y los rompieron, se propusieron obtener un lugar digno para las personas marginadas por algunas de las innumerables prácticas impunes, de carácter prejuicioso contra el género más valioso de la humanidad, y lo obtuvieron y ahí van, modificando el mundo. En toda esta evolución, los visionarios fueron un factor determinante, pero también lo fue el arte, en la medida en que permitía a estos visionarios adentrarse en las profundidades de un mundo posible. Posmodernidad puede llegar a significar que el carácter funcional del arte, como revelador de formas distintas de ver el mundo, puede ser aprovechado por todos y no sólo por unos cuantos visionarios; que el estilo de pensamiento analítico puede ser el estructurador permanente de la vida social, de las relaciones humanas, de las posibilidades creadoras y de los impulsos mismos del pensamiento crítico, sin que necesariamente implique una fría variante de sinónima auto¬aniquilación.

Un pensamiento es algo así como una especie de principio innato con el que la mente configura sus percepciones y hace inteligible la experiencia. La experiencia podría ser la combinación particular de las diferentes formas a través de las cuales se hace evidente el mundo. Algo es cierto, vamos para algún lado como humanidad, la pregunta es: ¿vamos todos en el mundo globalizado o es un neo¬fetichismo de las comodidades? ¿Nos convertimos en una muchedumbre solitaria y depresiva que compensa su ineficiencia creativa con un consumo indiscriminado de activismo?, no faltaba más. Perdonarán la desconsideración dialéctica de alguien que tampoco da la horma. Y si el arte transforma nuestra manera de ver el mundo ¿no es por eso mismo que adoptamos dietas más sanas y hacemos ejercicio? ¿No respondemos a una determinada valoración estética, no nos hace la práctica de una valoración estética corromper con frenesí el séptimo mandamiento? Tal vez en términos de la construcción del proyecto pensamiento humano, por el hecho de intervenir de manera tan decisiva ese mecanismo cultural llamado tecnología, hasta tal punto de entrar a convertirse en nuestra prótesis social por excelencia, la valoración estética pase más desapercibida, pero lo cierto es que allí también se forja un modelo de “campo de juego” para nuestras facultades y por tanto, originarias de nuestras facultades mismas, como condición para estar en él. Me gustaría trenzar en este final una frase de Oscar Wilde “Ningún gran artista ve las cosas como son en realidad, si lo hiciera dejaría de ser artista“.